martes, 12 de agosto de 2014

Aristóteles


Hombre del tiempo y de la historia. Personaje remoto que hoy viene hasta nosotros. Filósofo y maestro, historiador y literato, escritor y poeta, científico y conocedor de muchas ciencias. Eso fue y sigue siendo hasta nuestros días el gran  Aristóteles


Hombres personajes

 
Grandes han sido los hombres de la historia, como grande ha sido la historia misma. Historia que es escrita por nosotros, con hechos que suceden gracias a nosotros mismos. Relatos y sucesos, acontecimientos y ocurrencias donde cabe destacar la importancia de grandes hombres que han hecho cambiar de cierto modo el giro de la historia.

Y tal vez no sea la historia misma la que cambia, sino el hombre mismo quien forja su propia historia. La influencia de los pueblos, la influencia de costumbres, los padres, los maestros, los políticos, los filósofos, los guerreros, los pensadores y hasta los  no-pensadores hacen de este nuestro mundo un lugar lleno de historia.

Nuestra historia está llena de hechos, plagada de sucesos y cargada de leyendas. La historia nos ayuda a explicarnos muchas cosas que suceden, el por qué suceden y desde cuándo suceden. La historia nos puede ayudar a no cometer los mismos errores del pasado y, tal vez, para nuestra propia desgracia, a seguir cometiendo los mismos errores que hasta el momento hemos cometido y seguimos cometiendo. Los filósofos

Dentro de los grandes filósofos de la historia podemos señalar a tres de ellos: Sócrates, Platón y Aristóteles. En este segundo reportaje "hablaremos" un poco sobre nuestro buen amigo Aristóteles, insigne filósofo, fundador de lo que hoy llamamos "Ciencia", discípulo del gran Platón y maestro de ese gran hombre y conquistador que fue Alejandro Magno.

Hablar y escribir sobre Aristóteles
 
A veces es difícil saber quién fue quién, qué hizo cada quien, por qué y cómo surgió tal o cual cosa, cuando en nuestras escuelas y universidades, lo único que enseñan (o gran parte de lo que enseñan) son cosas ilusorias, ridículas o fuera de todo sentido; donde dichos centros, supuestamente de enseñanza, están más interesados en las cuotas que en una buena educación. Piden que los alumnos aprendan cosas, sin explicarles una sola razón para esto. Las cosas se aprenden simplemente por aprenderse, para pasar; no para saber y tener una finalidad justa, trascendente, practicable.



Aristóteles estaba consciente de todo esto y de muchas cosas más. Desgraciadamente, en la actualidad (una "actualidad" que tal vez no haya cambiado desde hace mucho tiempo), el tratar de saber y conocer sobre personalidades de otros tiempos es cosa de viejos, de pérdida de tiempo. Algo tedioso, que han hecho tedioso y aburrido los mismos maestros y filosofitos que imparten clases (o "cátedra", como dirían ellos).

Al escribir sobre Aristóteles, lo que pretendo es poner en un lenguaje sencillo y cotidiano, lo que los "maestrillos" han tratado de elevar a una categoría que ni ellos mismos entienden. Para aprender, para conocer y para saber, es preciso ir de lo más fácil a lo más difícil. No hay que complicarse demasiado la vida, sino pensar y sentir como humanos que somos. La filosofía no es complicada, es el hombre quien la hace complicada. Para conocer de los grandes hombres, es preciso verlos tal cual eran y tratar de hablar y entender con nuestras propias palabras ese lenguaje que muchos tratan de entorpecer y complicar.

Aristóteles el niño

Siempre les ha dado por mostrarnos a un Aristóteles ya de cierta edad, un hombre que se la pasaba pensando, muchas veces sentado, sumergido en sus pensamientos, y otras veces de pie, dando la vuelta alrededor de un árbol, un campo o un jardín. Un Aristóteles místico, nebuloso y muy fuera de la realidad.

Aristóteles, ante todo, fue un niño. Un niño que como todos ama el juego, las travesuras y las correrías propias de su época. Datos, muchos de ellos olvidados, al tratar los escritores de enfocarse exclusivamente a sus teorías, razonamientos y planteamientos filosóficos, en vez de poner al menos algo de atención a los primeros pasos de este filósofo, lo cual pudiera explicar, hasta cierto punto y hasta cierto modo, sus razones, su pensamiento y filosofía.

Aristóteles

Aristóteles nació el año 384 a.C. en Estagira, un pequeño pueblo perdido entre las montañas de Macedonia, lugar donde salía acudir todos los años desde Grecia el rey Amintas. El padre de Aristóteles era médico y acostumbraba acompañar al rey en sus cacerías. Lo mismo haría el pequeño Aristóteles, tan pronto como hubiera tenido la edad suficiente como para empuñar el arco que él mismo había construido.

Un día, el rey Amintas, viendo las posibilidades y gustos del muchacho, le regaló a Aristóteles un soberbio y precioso arco con adornos e incrustaciones de plata y plumas de águila. El muchacho, ni se diga, quedó fascinado con dicho obsequio. Tenía ya un arco como los grandes cazadores.

Aristóteles conoce a Filipo

Al año siguiente de esto, fallece el padre de Aristóteles. Un alud le viene encima y muere. No obstante, a pesar de ellos, y a instancias del propio rey, Aristóteles continúa formando parte de estas regias cacerías y excursiones cinegéticas (que es el arte de la caza). Y es precisamente en una de estas cacerías cuando el rey viene acompañado de su hijo Filipo, un chico casi de la misma edad que Aristóteles. Se forma y establece entre ellos una profunda amistad, tanto que el propio Filipo pide a su padre llevar a Aristóteles con ellos para que éste forme parte de la corte de Atenas.

Andares y decires

Es mucho lo que se ha dicho sobre la vida de Aristóteles. Algunos en sentido positivo, otros en sentido negativo. Hay quienes cuentan que Aristóteles tuvo una juventud alocada y borrascosa. Dicen que malgastó su patrimonio hasta el extremo de tener que ingresar al ejército para no quedarse en la calle y morirse de hambre. Se dice, además, que Aristóteles había vuelto a Estagira a practicar la medicina y que no sería sino hasta los 30 años en que hubo de haber ingresado a la escuela de Platón.

Hay otros historiadores, sin embargo, que dicen que ya para los 18 años Aristóteles estaba bajo la custodia y tutela de Platón. Ahí pasaría 20 años con él, hasta el momento de su muere (la muerte de Platón). Tenía Aristóteles, ya para entonces, 37 años, tiempo y edad suficiente no solamente para aprender su teoría, sino para refutar conocimientos y establecer nuevas leyes y principios.


Los veinte años

Fueron veinte años en que Aristóteles aprendió grandes cosas de su maestro. Asimiló conocimientos, entendió razones, juzgó verdades, aprendió lecciones, intuyó sentimientos e hizo importantes deducciones que llevó a la práctica. Fueron veinte años que le dieron suficiente tiempo para conocer la verdad (su verdad), entrelazarla a otras verdades, a otras experiencias y otros conocimientos. Tiempo para aprender y tiempo para construir.

Y no sólo estudió filosofía. Aristóteles gustaba de todo lo que era susceptible a estudio. De ahí que se interesara por las matemáticas, la historia, las ciencias naturales, la literatura, la astronomía, la biología, la medicina y muchas cosas más. Todo estudiaba este hombre; tanto, que en su juventud, se le conociese como el hombre más sabio de su tiempo.

Aristóteles se casa

A la muerte de Platón, Aristóteles queda como el más importante y valioso filósofo de todos los tiempos. No obstante, a pesar de esto, y por otras muy diversas circunstancias, Aristóteles no se hace cargo de la Escuela de Platón.

Luego, en otro ángulo diferente de su vida, Aristóteles pasa a formar parte de la corte de Hermías, quien en su tiempo había sido discípulo de esta escuela. Y es aquí, en esta corte de Hermías, en donde Aristóteles conoce a una sobrina de su anfitrión. Una mujer llamada Pitías, y con la cual se casa más tarde.

Aristóteles y Alejandro Magno

Pasan esos años de correrías. Tiempo después Aristóteles es llamado por Filipo para que se encargue de la educación de su hijo, Alejandro, un chico que tenía entonces trece años de edad y que muy pronto sería el conquistador del mundo.

Y si bien -se dice- Aristóteles tenía un pasado no muy halagador, que digamos (se menciona que había sido en su juventud un hombre apasionado, alcohólico y epiléptico, cuyo único pasatiempo era divagar y domar caballos), lo cierto es que nadie como el propio Aristóteles se podía hacer cargo de la educación de Alejandro.

Y así lo hizo. Y no sólo esto. Se menciona, además, que Alejandro llegó a respetar la figura de Aristóteles más que la de su propio padre. Según Alejandro -cuenta Plutarco- "de su padre había recibido la vida; de Aristóteles, el arte de vivir". De ahí que Alejandro imbuyera en sí mismo gran parte de la vida y la filosofía de Aristóteles, su manera sabia de ver las cosas.

La influencia de Aristóteles sobre Alejandro

Tanta era la influencia del gran maestro sobre el gran Alejandro que la forma de actuar de éste era a veces algo fiera de lo común, como la de aquella ocasión (una de las anécdotas que mencionaba la semana pasada), en que sucede el encuentro entre Alejandro y Diógenes, en Corinto.

Diógenes estaba tomado un baño de sol en plena plaza pública, cuando se le acerca Alejandro, le saluda y le dice: "Soy Alejandro, ¿Puedo hacer algo por ti?, a lo que Diógenes le responde: "Sí, que no me quites el sol...". Se dice que Alejandro celebró tanto esta contestación que dirigiéndose a sus soldados y compañeros comentó: "Si no fuese Alejandro, me gustaría ser Diógenes...".

Y la influencia de Aristóteles sobre Alejandro continúo. El filósofo enseñó a su discípulo todo lo que este pudo aprender. A cambio, Alejandro hizo todo cuanto pudo por dar a su maestro todo lo que éste necesitase. Así, se sabe, Alejandro enviaba a su mentor gran parte del botín que "había" o lograba en sus campañas. Le enviaba, además, materiales de estudio, escritos, poemas, observaciones.

Se dice, incluso, que Aristóteles, con la ayuda de Alejandro (ayudaba financiera que debía ser mucha), tenía a su disposición un buen número de personas que le ayudaban. Aristóteles tenía la oportunidad de enviar expediciones que estudiaban el curso y correr del Nilo, tenía cazadores que le procuraban aves y animales raros para su jardín zoológico. Por último, tenía una serie de amanuenses que le ayudaban a compilar, escribir y redactar sus textos. Toda una muy bonita experiencia, ¡cual si fuese hoy en día Secretaría de Estado...!

Aristóteles y su Escuela

No fue sino hasta que dio por terminada la educación de Alejandro y que éste subiera al trono, en que Aristóteles parta hacia Atenas, donde funda una escuela llamada "Lykeoin"; o, para hablar o escribir más claramente (en la forma castellana, derivada del latín): Liceo. Esto, en honor de un templo dedicado a Apolo Likeois, que significa "Apolo: el Matador de Lobos".

La escuela de Aristóteles se hallaba al este de la ciudad, justamente al lado de la Academia, que era donde estaba la escuela de Platón. Una escuela donde Aristóteles mandase construir unos pórticos, bajo los cuales solía pasear con sus discípulos, enseñándoles "las cosas de la vida". Una escuela en la que a sus discípulos se les conociese con el nombre de peri-patoi; o, como uno más los conoce: peripatéticos.
 
Los peripatéticos

Los peripatéticos eran como unos paseantes, personas que iban aprendiendo y a las que se les iba enseñando, a medida que el maestro caminaba de un lado a otro, hablándoles sobre diversos temas.  Personas que caminaban alrededor de algo, dando vuelta a algo. Cosa muy parecida a lo que pudiera ser hoy en día las visitas que los maestros o maestras hacen a diversos museos, empresas o instituciones, y donde los alumnos están atentos a las explicaciones y enseñanzas de sus profesores y maestros, donde al mismo tiempo los niños o los alumnos pueden hacer observaciones, de lo que ven y hacer preguntas sobre aquello que más les interesa saber.

La escuela de Aristóteles no era idéntica a la de Platón. En ella se enseñaba principalmente matemáticas, biología, ciencias naturales y filosofía. La escuela de Aristóteles, por otra parte, trataba de ser práctica. Se intentaba asociar la teoría con la cuestión cotidiana. Algo que aún falta mucho en nuestros días, por más que se diga todo lo contrario.
 
La muerte de Aristóteles

La escuela de Aristóteles prosperó durante trece años durante el reinado de Alejandro; pero una vez conocida la noticia sobre la muerte de este último, la persecución contra los que habían mostrado simpatías hacia el conquistador macedonio, arreciaron. Aristóteles tuvo que huir casi, para refugiarse en Calcis, región de Eubea, lugar donde muriera el año 322 a.C., a la edad de 62 años.

Luego, a la muerte de Aristóteles, quedó como "director" de dicha escuela su discípulo Teofrasto. Vinieron después otras personas, entre ellas Estratón, Licón, Aristón, Critolao, Diódoro, Erineo y otros más, hasta llegar a un tal Andrónico, quien aún dirigía el Liceo hacia el año 110 a.C.

 
Los escritos y las obras de Aristóteles

Las obras de Aristóteles nos han llegado a través de muchos y muy diversos manuscritos que suponen hayan sido, sino del propio Aristóteles; sí, al menos, de los amanuenses quienes escribían sus textos. Resulta que los primeros manuscritos (los originales), Teofrasto los legó a un fiel condiscípulo suyo que vivía en Asia. Y ahí fueron a parar.

Luego, al saber sus dueños que dichos originales eran codiciados por los reyes de Pérgamo, se les ocurrió esconderlos en una cueva. Ahí, los manuscritos estuvieron "descansando" por espacio de 150 años. Tiempo después los manuscritos fueron "encontrados" y hallaron dueño. Los escritos fueron vendidos siendo su comprador un bibliófilo ateniense llamado Ampelicón.

Ampelicón preparó una edición especial con las obras de Aristóteles, pero desgraciadamente, poco después de morir, Atenas fue conquistada y todos los escritos de Aristóteles fueron llevados hasta Roma. Allí, el mal y recompuesto texto de Ampelicón, fue revisado por un bibliotecario romano para que más tarde, ya en mitad del siglo primero después de Cristo, Andrónico de Rodas lanzase la primera edición de las obras completas de Aristóteles y Teofrasto, que es el texto griego que hoy conocemos.

 Los mismos textos, ¿el mismo Aristóteles...?

Se dice, sin embargo, que durante los años en que los originales estuvieron escondidos, circulaban ya otros escritos de Aristóteles, o atribuidos a él, que tenían un carácter más popular. Por otra parte, había unas 146 obras, publicadas por Diógenes Laercio, lo que hace sospechar que en la antigüedad ya se leían las obras o escritos de Aristóteles.

Claro, lo que no hay que sospechar (o al menos, no tanto), es que el Aristóteles que conocemos hoy en día, es el Aristóteles verdadero; tal vez incompleto, y despojado de muchas cosas; pero, al fin y al cabo, el Aristóteles original.

La obra de Aristóteles

La obra de Aristóteles es extensa. Conocido como el filósofo estagirita (por haber nacido en Estagira), y creador de la filosofía peripatética (porque todo lo exponía y enseñaba, mientras paseaba y caminaba), el gran Aristóteles fue un pensador de todos los tiempos.

Creador del método inductivo, la lógica formal, y el método científico, Aristóteles fue considerado el filósofo oficial de la Iglesia cristiana de la Edad Media. Un hombre que proyectó toda su obra, en una forma más bien desordenada. Esto, tal vez, a que eran tantas las ideas que le venían a su mente, que no tenía tiempo suficiente como para acomodarlas en un orden netamente riguroso.

Platón se había basado y fundado en las ideas, Aristóteles en los hechos. Esto lo llevó a querer saber lo que se pudiera aprender y conocer en su época. Un hombre de extraordinaria inteligencia, una verdadera enciclopedia del saber antiguo. Un hombre, filósofo y pensador de quien nos han llegado tan sólo algunas de sus obras.
 
Aristóteles: sus principales libros

Aristóteles es una de las inteligencias más grandes que ha producido la humanidad. Hombre de grandes estudios en cuyas obras expone sus puntos de vista, con un carácter muy singular y un sentido muy profundo. Obras cuyo "cuerpo aristotélico" como así se le conoce, consta de siete partes principales y que pudieran resumirse en: 1. Lógica (que habla sobre las categorías, la interpretación, el silogismo y los tópicos); 2. Cosmos (donde escribe sobre la naturaleza, el cielo, la generación, la corrupción y la meteorología); 3. Metafísica (que habla sobre la física, la metafísica y los cuerpos); 4. Biología (en donde explica la ciencia del alma, los animales, la memoria, el recuerdo, el sueño y la vigilia); 5. Ética (sobre los valores); 6. Política (en que aborda la política, el buen gobierno y la constitución de Atenas); y, 7. Arte (que toca el tema de la retórica y la poética).
 
Acerca de sus obras


 
Para Aristóteles “todas las ciencias y todas las artes tienen por bien un fin; y, el primero de los bienes debe ser el fin supremo de la más alta de todas las ciencias; y esta ciencia es la política”. Pensamiento expresado en su obra cumbre: La Política. Un libro donde explica, así mismo, que “el bien, en política, es la justicia”, algo olvidado ya no sólo por las autoridades o gobierno, sino por nosotros mismos.
 
Luego, en el capítulo que habla sobre "La División de los Gobiernos", Aristóteles expone importantes y valiosas ideas como cuando dice: "Siendo cosas idénticas el gobierno y la constitución, y siendo el gobierno el señor supremo de la ciudad, es entonces absolutamente preciso que el señor sea, o un solo individuo, o una minoría, o la multitud de los ciudadanos. Cuando el dueño único, o la minoría, o la mayoría, gobiernan consultando el interés general, la constitución es pura necesariamente; cuando gobiernan en su propio interés, sea el de la minoría, sea el de la multitud, la constitución se desvía del camino trazado por su fin".

Más adelante, en una de las páginas más fuertes e interesantes de su obra La Política, Aristóteles señala: "No basta imaginar un gobierno perfecto; se necesita, sobre todo, un gobierno practicable". Para Aristóteles existen tres clases de gobierno y/o constituciones: el reinado, la aristocracia y la democracia. Todas ellas con sus respectivas desviaciones que son: la tiranía, donde sólo tiene por fin el interés personal del monarca; la oligarquía, donde sólo cuenta el interés de los ricos; y, la demagogia, donde lo único que cuenta es el interés de los pobres.

Luego, según Aristóteles, si a nadie (o, cuando menos, a algunos cuantos no se les gusta lo que pasa o sucede, en el gobierno, se puede optar por tres caminos o grados de revolución: una reemplazando la constitución; dos, quitando o reemplazando a los gobernantes; y, tres, quitando o reformando parta de la constitución. El pueblo, que es libre, elegirá.

Otras de sus ideas

Entre otras de sus ideas, Aristóteles nos hace llegar lecciones de democracia, en las cuales establece que para que ésta exista es preciso que:

1.      La asamblea general debe ser soberana,

2.      Todos los ciudadanos deben ser electores y sujetos a elegibilidad

3.      Todos los cargos deben proveerse por suerte,

4.      No debe exigirse ninguna condición de riqueza; y, si la hay, moderarla,

5.      Nadie debe ejercer dos veces el mismo cargo,

6.      Los empleos o los puestos deben ser de corta duración,

7.      Todos los ciudadanos deben ser jueces,

8.      Todos los cargos o empleos deben ser retribuidos, y,

9.      Tener nacimiento humilde, pobreza y oficio.

Otras obras

Aristóteles profundizó en casi todos los campos. Sus enseñanzas fueron reunidas en muchos volúmenes que representan casi toda una enciclopedia hecha por un solo hombre. No se limitó exclusivamente a la ciencia, sino que además abordó temas de ética, filosofía, psicología, crítica literaria, política y actividades de pensamiento.

En total, los volúmenes que se le atribuyen a Aristóteles suman unos 400, de los cuales aproximadamente sólo unos 50 han llegado hasta nosotros. Sus mejores escritos fueron los relacionados a la biología (recordemos que el papá de Aristóteles había sido médico). Estudió la vida marina, la de los peces, particularmente la de los delfines. También la de las aves y la de los insectos, como la de las avispas.

Aristóteles, todo un gran personaje

En otros campos, nuestro personaje se interesó por la astronomía, la psicología, la poética y la retórica. En el Organón se resumen sus principales obras del pensamiento y de la lógica. Aquí, por primera vez, plantea el problema del método: Aristóteles extraía de las observaciones algunas premisas y de ellas sacaba deducciones.

Luego, en otra de sus obras, nos habla, nos escribe y nos explica algo más acerca del alma, de la memoria y de los sueños. En verdad, todo un verdadero tratadista de todos los tiempos. Una persona que durante toda la Edad Media fue el oráculo de los filósofos y los teólogos escolásticos. Aquel que se le cita como la personificación del espíritu filosófico y creador del método científico. Aristóteles, aquel que nos dio su obra, su vida y su pensamiento. Aquel que hizo grande su nombre y nos hizo grandes: ¡Aristóteles!

 
Artículo aparecido en el periódico “El Porvenir” de Monterrey, México, el 20 de febrero de 1989.

jueves, 24 de julio de 2014

Andrés María Ampére



Científico y viajero, observador y matemático, físico excelente que nos diera grandes conocimientos y nos hiciera llegar a nuestros días estupendos inventos. Creador de la electrodinámica, inventor del electroimán y el telégrafo electromagnético. Genio que contribuyó al desarrollo de las Matemáticas, la Química, la Física y la Filosofía: Andrés María Ampére.

Empezando de nuevo

No es algo que acostumbro. Es más, hasta la fecha, nunca lo he hecho; sin embargo, creo que es conveniente mirar un poco hacia atrás y volver a empezar de nuevo para tocar de paso algunos temas olvidados en el baúl de la memoria. Serán unos tres o cuatro personajes, a lo mucho que han pasado, subrepticiamente, sin que hagan alto en estas páginas de nuestro periódico. Temas importantes que hemos olvidado, personajes a los que hoy damos paso y espacio como nuestros especiales invitados.

Científicos, artistas, escritores y filósofos

La humanidad está llena de grandes hombres, que independientemente de sus ideologías o creencias han transformado y siguen transformando, ya sea para bien o para mal, el curso del mundo mismo. Ha habido grandes estadistas, ha habido grandes literatos; ha habido estupendos pintores, como ha habido excelentes músicos y escritores. También han existido grandes filósofos, como a su vez han existido increíbles genios de la inventiva. Uno de ellos ha sido Andrés María Ampère.

¿Quién fue Ampère?

Mucho se ha hablado o escrito sobre los inventos, poco se ha escrito sobre los inventores. ¿Quiénes fueron ellos...?, ¿Cómo lograron esto...?, ¿Cómo llegaron hasta esto...? Son cosas que nadie explica, aunque muchos sí se lo pregunten. Las universidades, encaminadas más hacia la búsqueda de lo material, lo económico, la ganancia jugosa y la política "rascuache" (diga lo que diga el viento), han olvidado lo más esencial de todo: La búsqueda de la verdad...

Se dice que todo lo que se conocía, en la época antigua, en cuanto a las dos ramas más importantes de la física (la electricidad y el magnetismo), se reducía solamente a dos hechos: la atracción del hierro por la llamada piedra imán, y la de los cuerpos ligeros por el ámbar frotado. Muy poco, en realidad, se había avanzado. La brújula era el único gran invento; pero, a partir de esa fecha, allá por el siglo XI o XII de nuestra era, nada nuevo había sucedido o se había inventado.

Es de alabarse el genio y tenacidad de muchos hombres y muchas mujeres, que poniendo todo su esfuerzo, su inteligencia y corazón han llegado a descubrimiento de algo; han llegado a la creación de nuevos métodos, nuevos procedimientos; han llegado a la invención de nuevas cosas que ayuden a los humanos a vivir en un mundo mejor.

Ampère fue uno de estos genios. Él, con su talento y entrega, con su paciencia y perseverancia, logró descubrir nuevos campos, inferir nuevas leyes, descubrir nuevas cosas, inventar nuevos quehaceres. Logró, por ponerlo en pocas líneas, descubrir la fuerza de la electrodinámica, inventar el electroimán y facilitar la transmisión de mensajes a través del telégrafo electromagnético.

Andrés María Ampère

Andrés María Ampère nació en una familia como cualquier otra. No pertenecía a ninguna clase privilegiada, como tampoco a ninguna clase de tipo marginada. Nació muy cerca de Lyón, Francia, el 22 de enero de 1775. Allí viviría, en una pequeña finca, llamada Poleymieux-les-Monts-d'Ors, lugar cercano a la propia ciudad leonesa.

La historia muy pronto reconocería a Ampère como uno de los hombres más inteligentes de todos los tiempos. Su padre era un hombre instruido y estimado por todos cuantos le rodeaban. Se llamaba Jean Jacques Ampère. Su madre, por otra parte, era Jeann Antoinette Sarcey, y también era muy estimada por la gente de la localidad, no solamente por la dulzura de su carácter, sino además por las obras y actos de beneficencia que frecuentemente realizaba.

Los primeros años de niño

Se sabe que poco tiempo después de nacer Ampère, sus padres dejaron el comercio para trasladarse a la pequeña finca antes mencionada y de la que eran dueños. Polmieux era un pueblo bastante chico, sin las exigencias ni enseñanzas de ningún profesor. No obstante, y a pesar de todo esto, muy pronto surgirían en el niño esas altas facultades intelectuales que iría desarrollando a lo largo de su vida.

Los primeros detalles

Una de las primeras facultades desarrolladas por Ampère fue la del cálculo. Le gustaba contar, le gustaba calcular. No le gustaba "ser calculador" (en otro sentido, o en otra connotación). No se medía por nada del mundo, y siempre trataba de sacar adelante sus proyectos. Un niño inquieto, que tal vez no gustara mucho del juego con los demás, sino el juego consigo mismo y de la observación con el mundo que le rodeaba.

Y así como esos niños (que algunos consideran distraídos), que agarran y juegan con corcholatas, piedritas, frijoles, maíces o habichuelas, Ampère hacía esto último: Juntaba pequeños guijarros o habichuelas en su intento de contar las cosas. Era algo que a él le fascinaba. Tal vez no fuese un gran matemático, pero daba ya sus primeros pasos para conseguirlo.

De este modo, y antes de conocer ya bien las cifras, Ampère coloca sus piedras a las que pinta de colores diferentes, las dispone en cierto orden y logra establecer cálculos precisos como todo un gran matemático. Piedras y guijarros que coloca en hileras, en diversas combinaciones y que le dan un sentido curioso, diferente y lleno de toda concepción lógica.

 Ampère: su niñez y su forma de ser

Ampère tuvo una infancia afortunada. Sus padres le querían. Habiendo nacido en el seno de una familia encantadora, normal, sencilla y refinada, la niñez del pequeño Andrés fue impregnada de momentos alegres, felices y encantadores. En un principio, según parece, fue un niño débil. No le interesaban mucho los deportes o los ejercicios al aire libre. Prefería sus propios pensamientos.

Claro, tampoco era un niño retraído. Se dice, incluso, le gustaban las bromas, siempre que no le fueran hechas a él. Tenía su propio espíritu de alegría, tal vez no igual a la de sus compañeros, pero sí lo suficientemente comunicativo como para no desconectarse del mundo. No era de los que les gustase andar rompiendo vidrios, subiéndose a los techos de las casas, desgarrándose la ropa o mojándose los pies. Era un poco más serio que los demás, pero siempre centrado y consciente de lo que era y lo que hacía.

La vida de los genios

Siempre es interesante saber que fue lo que llevo a "X" o "Y" persona a descubrir algo, a crear algo, a inventar algo. El ver esa imagen en el preciso momento del salto de la chispa es algo que a todos nos debiera interesar. Ver esos hombres de fama universal, sus impresiones interiores, su pensamiento, sus deseos internos es algo que ha atraído a muchos pensadores, escritores y amantes de la vida y la conducta humana.

Los intereses de Ampère

Andrés fue siempre un niño preocupado por los cálculos matemáticos. No dejaba escapar oportunidad alguna como para ponerse a contar todo lo que veía o pasaba por su mente. Se distraía practicando al contar su caja de piedrecillas, hasta que un buen día cayó en cama y ya no pudo hacerlo.

Entonces ideó otro método: cortaba en pequeños pedazos el pastel que su madre le daba y seguía sus cálculos, anteriormente suspendidos. Lo anterior, una muestra de la sagacidad e interés de Ampère por seguir el estudio de las matemáticas, algo muy distinto a lo de cualquier niño de su misma edad, ya sea de esa época, o bien, a lo de los de hoy en día.

Es así como el joven Ampère pronto devora y asimila todos los libros que le llegan a sus manos. Le gusta la historia, los viajes, la poesía. Lee a los romanos, se interesa por la filosofía y centra su atención en todo lo nuevo, raro, intrigante y diferente. Trata de leer todos los libros. Se desvive por el conocimiento.

En sus lecturas prefiere a Homero y a Voltaire. Su principal objetivo: leer toda una enciclopedia de veinte gruesos volúmenes a fin de saber más sobre todo lo que ahí hubiera estado escrito y fuese de su interés. Así, uno a uno, pasando del primero al segundo, del segundo al tercero, volviendo nuevamente a aquel volumen que no hubiera quedado definido, y continuando el orden aritmético anteriormente establecido, Ampère daba cabida a sus más caros deseos: aprender.

El joven Andrés María

El joven Ampère se desvive por los libros. Siendo un muchacho de tan solo 14 años pareciese como si fuese difícil que un joven de esta edad se interesase más por los libros que por los juegos. Pero así era Ampère, un muchacho de extraordinaria inteligencia que pasaba gran parte de su tiempo en la biblioteca de su pueblo.

Pero llegó el día en que esta biblioteca ya no era suficiente para él. Entonces buscó nuevos libros. De ahí que su padre le condujese, de vez en cuando, y siempre que podía, a Lyón, donde el joven estudiante se dedicaba a leer y consultar los libros más raros que encontrara.

Luego, una vez, siendo él aún un niño, cruzó su solicitud a un bibliotecario. Quería leer ciertas obras. El bibliotecario se le quedó viendo y le dijo: "¿Lo has pensado bien, amiguito...? ¡Estas obras están escritas en latín!" Ampère no lo dudó, quiso leerlas, aunque con ello batallase. Para él no existía obstáculo alguno; y, si estaban en latín, ¡aprendería esa lengua!

El estudio de las lenguas

Ampère se dedica ahora al estudio y origen de las lenguas. Quiere entender a grandes filósofos. Para esto tiene que leerlos en su propio idioma. Lee a Leibnitz, lee a Descartes. Se introduce al análisis del espíritu humano, la clasificación de las ideas. Desea tener todo un muy bien constituido marco de referencia.

Ampère no intuía una lengua universal que uniera todos los países, como algunos filósofos pregonaban. Sí, creía, que pudiera haber algo, pero tampoco creía en lo utópico. Debía pensarlo más. Sus pensamientos seguían envueltos en las hojas de la ciencia. Seguía fascinado al seguir descubriendo nuevas cosas. Tenía ilusiones y habría de cumplirlas.

La muerte de su padre

Su padre había sido un gran apoyo para él, pero pronto moriría. La revolución había llegado. Las tropas republicanas toman Lyón, la ciudad es devastada. Sus habitantes son tratados con despotismo e inusitada desconsideración. Su padre, que había sido juez de paz, aparte de ser aristócrata, es condenado al patíbulo.

El mismo día que sube al cadalso escribe una póstuma carta a su esposa donde le dice con una sensibilidad y simplicidad expresa que no hablara nada a su hija Josefina acerca del infortunio de su padre. Le pide a su esposa que trate en todo momento y haga hasta lo imposible para que su hija siga ignorando lo de su muerte. Luego, en cuanto a su hijo, le pide que le haga saber el que prosiga sus aspiraciones, aunque ya no esté cerca de él.

El golpe es demasiado duro para Ampère. El chico tiene apenas dieciocho años. Es derrotado. Sus facultades mentales, afectivas e intelectuales le hacen caer en el derrotismo. Pasan días, semanas y meses. Ampère se ve cada día peor. Su estado de ánimo sigue igual. Ya no cambia. Tratan de alentarlo, pero todo es imposible.

Pasa un año. No es sino hasta que lee unos escritos de Rousseau, que hablaban sobre botánica, en que Ampère vuelve nuevamente a la vida. Algo había pasado en el alma del científico. Alguien a quien tal vez le Hubiera afectado la lectura de un volumen que había abierto al azar. Un libro que contenían unos versos de las "Odas de Horacio".

Le gusta la poesía. Lee a Homero, Virgilio y otros poetas latinos. Su espíritu se revela. Ampère vuelve a ser el de antes. Quiere luchar, quiere aprender. Se vuelca en la ciencia, se enreda en otros temas. Gusta ahora de tópicos matemáticos, físicos y filosóficos. Ampère está decidido a hacer algo por la civilización.

Sus observaciones

Ampère habita una modesta casa en Lyón. Tiene su jardín, su habitación y sus pensamientos. Le gusta la naturaleza, se complace estudiando la manera en que nacen y se propagan las ondas etéreas, las diversas formas que toman la vibración de las cuerdas. Ampère era observador y trataba de ir hasta el fondo del asunto.

A un lado de todo esto, Ampère conoce el amor. Se trata de Julia Carron, una bella muchacha a la que conociera cortando flores. No se casaron, pero la tomó como compañera. El no tenía pensado en casarse, pero necesitaba una compañera. Ella se le acerca, se le mete en su cama y su corazón.

Trabajos y estudios

La situación de Ampère era precaria. Tenía que trabajar y no sólo esto, sino además, sacar un buen dinero, el eterno problema... Tiene entonces que empezar a dar clases particulares de matemáticas para sufragar los gastos y dispendios a que le obligaba su nueva condición.

Diariamente, al ponerse el sol, un grupo de jóvenes acudía a su casa a recibir lecciones. Estas consistían, la mayoría de las veces, en lecturas en voz alta. Lecturas sistematizadas que le servirían grandemente para agarrar método y ocupar, más tarde, altos puestos y cargos de elevada responsabilidad.

Su vida personal seguía su propia tónica. Julia, bella y buena, se convirtió en digna compañera de su vida. Eran felices. Ella sentía una gran admiración por el inventor; él, a su vez, sentía un gran amor por su mujer. Pero cinco años más tarde Julia Carrón muere.

Era 1908, justo cuando Ampère había sido nombrado profesor del Liceo de Lyón, luego de lo cual siguen para nuestro personaje meses dolorosos. Si bien su mujer le había dado un hijo, lo cierto es que aún no se podía desprender del recuerdo de esta bella mujer que le alegró siempre su vida. Sin embargo, el trabajo tenía que seguir, y éste fue su gran consuelo.

Se dedica a su trabajo. Años después, siendo joven todavía, encuentra otra mujer, culta, graciosa y exquisitamente educada. Mas sin embargo, este espacio no puede llenar el vacío y hueco dejado por su primer mujer quien había constituido para Ampère el único amor de su vida.

Inventos y descubrimientos

Ampère empieza a estudiar los fenómenos relacionados a la corriente electromagnética. Se interesa por los descubrimientos de Volta (el de la pila). Observa de cerca los efectos de la corriente eléctrica sobre una aguja imantada. Empieza a ver la relación que existe entre los fenómenos eléctricos y los magnéticos.

Ampère estudia y formula leyes sobre esta acción. Poco después demuestra que el magnetismo y la electricidad son manifestaciones distintas de una misma causa. Continúa sus trabajos, demuestra nuevas teorías. Escribe y establece leyes sobre el magnetismo y la corriente eléctrica.

Su nombre queda escrito para la posteridad. De ahí que se le llame "amperes" o "amperios" a las medidas o unidades de electricidad o corriente eléctrica. (Algo así como los "volteos", nombre tomado, a su vez, de otro científico: Alejandro Volta"). Estos "amperes" o "amperios" se refieren a la cantidad de electricidad que atraviesa un conductor en un determinado período de tiempo.

Vienen después otros trabajos. Estos de carácter netamente matemático. Se dedica al cálculo, al estudio de probabilidades, de la estadística, de ecuaciones, de derivadas e integrales, cosas que me sería difícil explicarlas, pues poco les entiendo. Ampère, al contrario, era un genio para esto, tan es así que ya se le conocía entonces como el "Newton de la electricidad".

Y continúa su vida

Ampère abandona su puesto de profesor de matemáticas para ocupar el cargo de física en la Escuela Politécnica de París. Empieza a utilizar máquinas eléctricas, telescopios y otros objetos e instrumentos para sus ensayos. Sigue trabajando en sus teorías, continúa aprendiendo de sus experimentos.

El tiempo que reside en París quebranta su frágil salud. Un amigo suyo, el Director de la Escuela Veterinaria de Lyón, se da cuenta que Ampère ya no es el mismo. Ampère se acaba, Ampère se extingue. Su cuerpo y su salud ya no dan para más. Sin embargo, su ánimo y deseo de conocimiento siguen siendo los mismos.

No pierde interés en nada, no pierde oportunidad alguna para recorrer el mundo y hacerlo suyo. Viaja por todos rumbos: de Norte a Sur, de Este a Oeste; no quiere dejar nada sin conocer. Llega a Marsella, la ciudad de sus amores, la ciudad que tanto quiso y tanto amó. Marsella, la ciudad donde comenzara sus estudios sobre la recepción de la telegrafía sin hilos.

Ampère se encuentra ya muy enfermo, su cuerpo no resiste más. Su alma es reconfortada con las palabras de un sacerdote con quien lee e intercambia pensamientos de un libro titulado la "Imitación de Cristo", libro que, según él, sabía de memoria. Reflexiones, ideas y sentimientos tomados del corazón.

Su muerte

Era el 10 de junio de 1836. Ampère moría a los sesenta años de edad. Ese mismo día el telégrafo de Marsella comunicaba tristemente la noticia a París. El instrumento ideado por este gran hombre dejaba de ser utilizado para la transmisión de mensajes oficiales. Esta vez comunicaba algo más trascendental: la muerte de un gran genio de la inventiva: Andrés María Ampère.


Artículo aparecido en el periódico "El Porvenir" de Moterrey, México, el 13 de febrero de 1989.
 

 

 

 

 





 
 

miércoles, 2 de julio de 2014

Alejandro Magno



Hombre de hazañas y grandezas. Personaje cumbre de la historia. Gran hombre
de los tiempos, conquistador de enormes tierras y muy diversos mundos. Un héroe
de leyenda,

casi  visto como un semidiós: Alejandro Magno.

Un nuevo comienzo

Hoy comenzamos esta nueva serie de artículos sobre grandes personajes de la historia. Caminaremos, como lo hicimos con Europa y Nuevo León, a través de muy diversos caminos: los caminos del tiempo y de la historia. Marcharemos conociendo mares, conociendo tierras, conociendo gente. Marcharemos al encuentro de grandes personajes con los cuales pudiéramos hasta casi platicar con ellos.

Será un encuentro al tú por tú, sin ambages ni medidas, con estos personajes de la historia. Un encuentro donde hablaremos con ellos y sobre ellos. Un encuentro donde mezclaremos preguntas y respuestas que tendremos, y dudas e inquietudes que habremos, tal vez, de disipar. Serán reencuentros con seres pasados que vuelven a la vida para platicarnos su vida, su historia y su leyenda...

Será un visitar la intimidad, -pudiéramos decir-, de todas estas personas (científicos, literatos, artistas, músicos, pintores, estadistas, pensadores o inventores), que, con su genio o su grandeza, transformaron gran parte de la historia. Hoy, damos inicio a esta serie, que al igual que las dos anteriores espero sea del agrado de todos ustedes.

Los grandes personajes

Hablar de grandes personajes, escribir sobre grandes personajes, es conocer un poco más de historia: la historia del mundo en que vivimos. Grandes han sido muchos de ellos, como grandes han sido sus legados. Hoy, el recuento de esta historia que forjaron estos hombres y mujeres se inicia. Un recuento, en forma de relato, que habremos de llevar a cabo en orden alfabético, comenzando con un gran hombre de todos los tiempos: Alejandro Magno.

Alejandro Magno

Alejandro Magno es, tal vez, uno de los personajes que mayor fuerza e impacto ha habido en toda la historia. Considerado casi como un semidiós y/o un héroe de leyenda, Alejandro llegó a convertirse ya, desde la Edad Media en todo un gran personaje. Un héroe de fábula, pero un héroe real.

 
Alejandro era hijo de Filipo de Macedonia, uno de los soberanos y políticos más y astutos de que se tenga memoria. Algunos sostienen, sin embargo, que la gloria de Alejandro se debe exclusivamente a su padre y a las situaciones imperantes, en aquél tiempo, en Grecia. Había habido, es cierto, grandes conquistas, pero en realidad fue Alejandro quien, a la muerte de su padre conquistó todo esto y superó en mucho lo realizado con anterioridad.

El nacimiento de Alejandro

Alejandro nació un 19 de julio del año 356 antes de Cristo, mismo día en que un loco llamado Eróstrato incendiaba el hermoso templo de Diana, en Efeso. Se dice que Eróstrato quería dejar su nombre a la posteridad (cosa que al fin logró, y sin mucho esfuerzo).

Este templo, considerado una de las Siete Maravillas del Mundo antiguo, era un templo y edificio de gran importancia para los griegos. Por tal motivo, los habitantes de esos tiempos, interpretaron esto (basados en supersticiones de lo que eran muy creyentes), como una prueba y señal para el Asia, pues había ya nacido para ellos el que habría de sojuzgarla.


La familia
 
Los padres de Alejandro fueron Filipo, rey de Macedonia, y Olimpias, princesa epírota, hija de Neoptolomeo, soberano de los molosos. La influencia de ambos fue mucha, lo mismo que la de su estirpe. Los macedonios, si bien no eran tan puros como los de la Hélade, ellos sí se consideraban griegos. En cambio, los egipcios los consideraban y tenían por bárbaros. Así pues, Alejandro fue tomando de ambas ramas, el agua de ambas fuentes.

Sangre y temperamento

Por las venas de Alejandro corría sangre bárbara. Ello explica ciertas normas o patrones de su complejo carácter. Por una parte, un temperamento cambiante, que oscila entre una razón fría y calculadora, y la un temperamento vehemente y apasionado. Un personaje de grandeza con signos de grandeza.

Los maestros de Alejandro

Dicen (o al menos eso digo yo), que para explicar muchas cosas es necesario tomar en cuenta la educación recibida: primeramente la educación de los padres, luego la de la escuela. Y Alejandro no solamente tuvo excelentes padres; sino que, a su vez, excelentes maestros.

Su primer maestro fue Leónidas, pariente de Olimpias, quien trató de dominar el carácter rebelde de su discípulo. Se dice que Alejandro era indomable ante la fuerza y la autoridad, pero se doblegaba fácilmente ante la persuasión, el amor o las palabras.

De ahí que, para fortuna de Alejandro, su padre mandase llamar al filósofo Aristóteles, para que él, personalmente, se encargase de la educación de su hijo. Así, entre ambos, entre Leónidas y Aristóteles, harían de Alejandro todo un gran hombre.


 
 
 
 
La educación de Alejandro

Alejandro tenía trece años cuando Aristóteles empezó a educarle y ser su maestro. La influencia del gran filósofo fue decisiva en la vida de Alejandro, quien aprendiese grandes cosas con su maestro. Buen alumno, Alejandro se interesó grandemente por la cultura griega.

Le gustaba la literatura y sentía un particular interés por el arte heleno. Y fue a Aristóteles a quien cabe la gloria de haber imbuido en el gran conquistador ideas de generosa grandeza, rectitud y elevación de miras, tan escasas en gobernantes de aquellas épocas, aunque no mucho muy distintas de las actuales...

Gustaba de Eurípides y Píndaro. En lo que respecta a “obras de literatura” sentía una singular predilección por la Ilíada, su obra preferida. Una obra en cuyos personajes se proyectaba y/o identificaba. Le gustaba leer sobre Hércules, sobre el Olimpo, sobre Homero, sobre Helena. Le gustaba leer toda la obra, una obra muchos de cuyos trozos sabía y recitaba de memoria. Un libro que siempre cargaba bajo el brazo o su mochila.

Alejandro y sus anécdotas

Son muchas las historias, anécdotas y leyendas que se cuentan de Alejandro. Son anécdotas que nos muestran, de cierto modo, el carácter de Alejandro, su forma de ser y de pensar. Anécdotas que nos muestran su vida, historias que nos enseñan y señalan su alma.

Una de las primeras cinco o seis anécdotas que aquí relataré es conocida como la del “incienso”. Resulta que una vez se encontraba Alejandro ante el altar, derramando incienso ante los dioses. Su preceptor Leónidas se enoja, se acerca y le reprocha diciendo: “Para hacer tan abundantes ofrendas es preciso que esperes a que seas dueño del país del incienso...”. Más tarde, Alejandro fue el señor del Asia y envió a su maestro cien talentos de aromas para que no fuese un avaro con los dioses...

Una segunda anécdota se refiere a cuando en una ocasión Alejandro estaba practicando deporte y haciendo ejercicio. Alguien se acerca y le pregunta; “¿Y vas a participar en los juegos olímpicos?”, a lo que Alejandro responde; “Si mis rivales fueran reyes, por supuesto que sí”. Tal vez mucho “crecimiento” o mucho “creerse” por parte de Alejandro, pero algo que nos muestra de cómo era y cómo actuaba.

La tercer anécdota se refiere a la del caballo Bucéfalo. Resulta que un buen día un tesalio llevó ante Filipo (el padre de Alejandro) un caballo. El hombre quería 30 talentos por Bucéfalo, el nombre del caballo. De ahí que los más hábiles jinetes de la corte quisieran trepar en el caballo, domar este fiero y salvaje corcel, y hacerlo suyo.

Nadie pudo hacerlo. El equino parecía empecinado a bajar de su lomo a todo aquél que osara montar en él. Filipo entonces lo rechazó, si no fuera porque Alejandro, que estaba presente, les dijo: “¡Pero, qué bárbaros...! ¿Cómo es que puedan perder este caballo por su timidez e inexperiencia?”

El padre le reprochó su actitud diciéndole de paso: “Como si fueras tú a ser capaz de montar este caballo...”. Alejandro no se amedrentó y apostó el precio del caballo mismo, en caso de no poder apaciguarlo. El rey rió, lo mismo que la corte. La presunción de Alejandro era mucha.

Y... “¡Oh sorpresa...!”. Alejandro pudo. Se acercó al caballo, empuñó las riendas, vuelve la cabeza de éste hacia el Sol, pues había observado que el noble corcel se asustaba hasta con su propia sombra. Luego le acarició, soltó su manto, dio un ágil brinco y montó en el corcel.

Sujetó con fuerza las riendas, paseó por los espacios, y volvió a paso lento y tranquilo con un corcel agradecido. Vuelcan los aplausos, y, dicen los historiadores, que Filipo, al verle, le dice a Alejandro: “Hijo mío, busca otros reinos; Macedonia, el que poseo, es muy pequeño para ti y sé que no podrá satisfacerte...”.

Sus primeros pasos como gobernante

Fue en el año 340 a.C en que parte Filipo para sitiar a Bizancio, dejando en Pella, capital de Macedonia, a su hijo Alejandro. Una prueba de fuego para él, pues habría de gobernar contando con tan solo 16 años. Pasa la prueba, Alejandro puede gobernar en ausencia de su padre Filipo. Este, más tarde, habría de enviar a su hijo Alejandro a un campo de batalla. Aquí, ya Alejandro, contaba con dieciocho años de edad.

Pasan los años y surgen desavenencias entre padre e hijo. Filipo se aparta de Olimpias para casarse con una bella macedonia llamada Cleopatra (no la de la película, aquella otra Cleopatra -una de las más famosas reinas de Egipto-, la que cautivara con su gran belleza a célebres guerreros como César y Marco Antonio).

Alejandro continúa el pleito contra su padre. Viene la boda de Filipo y Cleopatra. Este (Filipo), bebe demasiado. Se abalanza para reprocharle algo a Alejandro. Cae Filipo. Alejandro se vuelve y dice: “Macedonios, he aquí al hombre que se preparaba para pasar de Europa a Asia, pero que ni siquiera puede trasladarse de una mesa a otra...”. Así veía Alejandro a su padre. Un cuadro no muy digno, que digamos; pues, como vemos, se burla hasta de su padre.

Siguen rodando los años. Alejandro y su madre Olimpias se ausentan de la corte para irse a radicar entre los ilirios. Un corintio, Demaratros, hace que Filipo y Alejandro se reconcilien. Alejandro vuelve a Pella, y su madre adquiere nuevamente su antiguo rango. Filipo es más tarde asesinado en una boda. Lo apuñalan a la entrada de un teatro. Más tarde Alejandro sería proclamado rey.

Alejandro es proclamado rey

 A la muerte de Filipo, su hijo, Alejandro, asciende al trono de Macedonia y es proclamado rey, algo que logra sin mucha dificultad. Había, por supuesto, gente que se oponía, entre ellos muchos inquietos helenos que ardían en deseos de sublevarse.

Viene un Congreso (el Segundo Congreso de Corinto, allá por el año 336 a.C., en época de otoño, cuando caen las hojas), y, Alejandro, es proclamado oficialmente rey de Macedonia. Alejandro, un muchacho de apenas casi 20 años que pronto habría de demostrar ser un hábil gobernante, y que a los 30 años ya sería conocido como Alejandro el Grande, Alejandro Magno.

Alejandro: el gran rey, el gran conquistador

Fueron grandes las conquistas de Alejandro. Después de haber sometido a Grecia, se hizo conferir, en Corinto, el título de generalísimo de los helenos. Venció innumerables tropas. Se apoderó de Tiro y de Sidón, lo mismo que Jerusalén, Sidón y Damasco. Invadió y conquistó Egipto, fundó Alejandría. Atravesó el Éufrates y el Tigris, conquistando Arbelas, Babilonia y Susa. Quemó Persépolis y llegó hasta el Indo.


La importancia de sus conquistas

Grandes fueron las conquistas de Alejandro. Innumerables ciudades, reinos y regiones pasaron por sus manos. Enfrentó a grandes hombres, como a Darío III, rey de los persas, a quien luego de haber derrotado, le perdonara la vida.

Darío quiso llegar a un acuerdo proponiéndole a Alejandro el repartirse el reino, contestándole Alejandro “no puede haber dos soles en los cielos...”. Más tarde, alguien (ante la contrariedad de Alejandro), le cortaría la cabeza al Emperador Darío. Luego, Alejandro se desposaría con una hija del propio Darío.

A la muerte de Filipo, muchas ciudades griegas quisieron liberarse, pero Alejandro cayó rápidamente sobre Tebas. La ciudad fue arrasada por completo, quedando sólo en pie las edificaciones de los templos y la casa donde viviera el poeta Píndaro, a quien Alejandro mucho admiraba. Y así como esta, fueron muchas de las acciones que emprendió e hizo respetar Alejandro.



Alejandro: el gran imperio

Es de alabar, que una de sus ideas principales haya sido la de respetar las creencias y principios de todos los pueblos. Al conquistarlos no destruía ni su culto, ni su cultura, ni su religión. (Cosa que llevándola a términos prácticos y modernos se ve todo lo contrario en fusiones de bancos, empresas o cambios de autoridades). Su intención había sido la de formar un solo imperio de toda esta vasta región, sin tener problemas de ninguna especie.

 

Alejandro fundó más de 70 ciudades, muchas de las cuales le dieron su nombre (ciudades a las que se les conocía con el nombre de “Alejandrías”). Su idea había sido la de formar un Imperio Universal, que tendría como capital y centro principal Alejandría, una de las ciudades más importantes de todos los tiempos.

Alejandría: ciudad de ciudades

Alejandría, la única ciudad que fuese planeada antes de ser construida. Una ciudad, importante centro de cultura y del comercio. Una ciudad cuyas calles estaban pavimentadas y eran iluminadas por las noches. Una ciudad con un hermoso museo y una extraordinaria biblioteca que acomodaba medio millón de volúmenes. Una ciudad en que los científicos vivían con los salarios que les proporcionaba el propio gobierno...


Alejandría y el Imperio Universal

La ciudad fue grande, como grandes fueron las ideas de Alejandro. Su sueño gigantesco había sido el del Imperio Universal. Su imaginación ya había forjado este sueño, teniendo en Alejandría la capital de capitales.

Amigo y admirador de los persas, Alejandro empezaba a rumiar la idea de establecer estas costumbres. El mismo ya empezaba a vestir a la usanza persa, haciendo a sus soldados adoptar estas costumbres. Sin embargo, su principal preocupación fue la propagación del mundo helénico: un mundo unido que hablaría griego, y tendría las mismas creencias religiosas. Un mundo, tal vez utópico, pero que de todas formas o todas maneras pretendía esparcir la semilla de las ciencias, el arte y la filosofía.

Y siguen las anécdotas

Se dice que teniendo en mente este sueño de grandeza y de formar un solo y vasto imperio, una noche, en los últimos años de su vida, y una vez terminada la conquista de Oriente, Alejandro decidió que se celebrasen en una sola noche diez mil enlaces matrimoniales entre sus soldados y doncellas persas. Esto, buscando la fusión entre las razas.

Una anécdota más, que nos habla sobre la vida de Alejandro, es la del famoso “Nudo Gordiano”. Se dice que en Gordium, ciudad situada en el centro del Asia Menor, había un nudo que unía el carro y la lanza de un antiguo rey de Frigia. La leyenda señalaba que el que lograrse deshacer aquél nudo sería dueño del Asia.

Nadie podía desatar este nudo. Nadie había podido deshacer este “entuerto”. Alejandro, por lo tanto, quiso probar suerte y variando su ruta hacia esa ciudad se apersonó para resolver tal “dilema”. Al ver el nudo Alejandro rió, desenfundó su espada y de un solo tajo cortó el nudo dejándolo sólo en leyenda.

Diógenes

Como se sabe, Alejandro fue visitado durante su reinado por sabios, poetas y artistas, que estaban deseosos de conocer al joven rey. Únicamente Diógenes no se presentó. De él ya le habían hablado en Corinto, y en una ocasión, en que Alejandro andaba por sus rumbos, decidió hacerle una visita. Diógenes era aquél famoso hombre que vivía en un tonel, y al que se le atribuía que en cierta ocasión había recorrido la ciudad en busca de un hombre, sin encontrarlo.

Y Alejandro lo encontró... Como siempre, Diógenes se hallaba absorto en sus pensamientos, sentado junto a un muro y muy cerca del tonel. Y al preguntarle Alejandro si quería algo de él, Diógenes le contestó: “Pues no, solamente que te apartes de ahí porque me tapas el sol...”. Los cortesanos y acompañantes comenzaron a burlarse del filósofo, diciéndole que estaba ante el rey. Diógenes no dijo nada, y los cortesanos seguían riendo. Luego, Alejandro cortó sus risas diciendo: “Si no fuera Alejandro, quisiera ser Diógenes...”.

Alejandro,  su imperio y su muerte

Como he relatado, Alejandro fue grande tanto por si mismo como por su imperio. Llegó a Persia, Asia, Tracia, Siria y Palestina. Tuvo uno de los imperios más grandes que jamás se hallan conocido. Llegó hasta Tiro, la capital de Fenicia. Luego iría hasta Egipto, Siria y los límites de la India. Su influencia aseguró la penetración de la cultura helénica en Asia y África.

Alejandro pudo haber seguido; pero, negándose los macedonios a ir más lejos, cansados ya los soldados de estar tanto tiempo fuera de sus hogares, nuestro personaje volvió a Babilonia. Ahí, ya cansado, aunque muy joven todavía, Alejandro muere a causa de una fiebre aguda causada por una enfermedad que hoy conocemos con el nombre de malaria. Tenía 33 años, años en que dio lo mejor de sí mismo. Años en los que hizo nombre: ¡Alejandro Magno…!
 
Artículo aparecido en el periódico “El Porvenir” de Monterrey, México, el 6 de febrero de 1989.