Hombre de hazañas y grandezas. Personaje cumbre
de la historia. Gran hombre
de los tiempos, conquistador de enormes tierras y muy diversos mundos. Un héroe de leyenda,
casi visto como un semidiós: Alejandro Magno.
de los tiempos, conquistador de enormes tierras y muy diversos mundos. Un héroe de leyenda,
casi visto como un semidiós: Alejandro Magno.
Un nuevo comienzo
Hoy
comenzamos esta nueva serie de artículos sobre grandes personajes de la
historia. Caminaremos, como lo hicimos con Europa y Nuevo León, a través de muy
diversos caminos: los caminos del tiempo y de la historia. Marcharemos
conociendo mares, conociendo tierras, conociendo gente. Marcharemos al
encuentro de grandes personajes con los cuales pudiéramos hasta casi platicar
con ellos.
Será un
encuentro al tú por tú, sin ambages ni medidas, con estos personajes de la
historia. Un encuentro donde hablaremos con ellos y sobre ellos. Un encuentro
donde mezclaremos preguntas y respuestas que tendremos, y dudas e inquietudes
que habremos, tal vez, de disipar. Serán reencuentros con seres pasados que
vuelven a la vida para platicarnos su vida, su historia y su leyenda...
Será un
visitar la intimidad, -pudiéramos decir-, de todas estas personas (científicos,
literatos, artistas, músicos, pintores, estadistas, pensadores o inventores),
que, con su genio o su grandeza, transformaron gran parte de la historia. Hoy,
damos inicio a esta serie, que al igual que las dos anteriores espero sea del
agrado de todos ustedes.
Los grandes personajes
Hablar de
grandes personajes, escribir sobre grandes personajes, es conocer un poco más
de historia: la historia del mundo en que vivimos. Grandes han sido muchos de
ellos, como grandes han sido sus legados. Hoy, el recuento de esta historia que
forjaron estos hombres y mujeres se inicia. Un recuento, en forma de relato,
que habremos de llevar a cabo en orden alfabético, comenzando con un gran
hombre de todos los tiempos: Alejandro Magno.
Alejandro Magno
Alejandro
Magno es, tal vez, uno de los personajes que mayor fuerza e impacto ha habido
en toda la historia. Considerado casi como un semidiós y/o un héroe de leyenda,
Alejandro llegó a convertirse ya, desde la Edad Media en todo un gran
personaje. Un héroe de fábula, pero un héroe real.
Alejandro
era hijo de Filipo de Macedonia, uno de los soberanos y políticos más y astutos
de que se tenga memoria. Algunos sostienen, sin embargo, que la gloria de
Alejandro se debe exclusivamente a su padre y a las situaciones imperantes, en
aquél tiempo, en Grecia. Había habido, es cierto, grandes conquistas, pero en
realidad fue Alejandro quien, a la muerte de su padre conquistó todo esto y superó
en mucho lo realizado con anterioridad.
El nacimiento de Alejandro
Alejandro
nació un 19 de julio del año 356 antes de Cristo, mismo día en que un loco
llamado Eróstrato incendiaba el hermoso templo de Diana, en Efeso. Se dice que
Eróstrato quería dejar su nombre a la posteridad (cosa que al fin logró, y sin
mucho esfuerzo).
Este
templo, considerado una de las Siete Maravillas del Mundo antiguo, era un
templo y edificio de gran importancia para los griegos. Por tal motivo, los
habitantes de esos tiempos, interpretaron esto (basados en supersticiones de lo
que eran muy creyentes), como una prueba y señal para el Asia, pues había ya
nacido para ellos el que habría de sojuzgarla.
La familia
Los padres
de Alejandro fueron Filipo, rey de Macedonia, y Olimpias, princesa epírota,
hija de Neoptolomeo, soberano de los molosos. La influencia de ambos fue mucha,
lo mismo que la de su estirpe. Los macedonios, si bien no eran tan puros como
los de la Hélade, ellos sí se consideraban griegos. En cambio, los egipcios los
consideraban y tenían por bárbaros. Así pues, Alejandro fue tomando de ambas
ramas, el agua de ambas fuentes.
Sangre y temperamento
Por las
venas de Alejandro corría sangre bárbara. Ello explica ciertas normas o
patrones de su complejo carácter. Por una parte, un temperamento cambiante, que
oscila entre una razón fría y calculadora, y la un temperamento vehemente y
apasionado. Un personaje de grandeza con signos de grandeza.
Los maestros de
Alejandro
Dicen (o al
menos eso digo yo), que para explicar muchas cosas es necesario tomar en cuenta
la educación recibida: primeramente la educación de los padres, luego la de la
escuela. Y Alejandro no solamente tuvo excelentes padres; sino que, a su vez,
excelentes maestros.
Su primer
maestro fue Leónidas, pariente de Olimpias, quien trató de dominar el carácter
rebelde de su discípulo. Se dice que Alejandro era indomable ante la fuerza y
la autoridad, pero se doblegaba fácilmente ante la persuasión, el amor o las
palabras.
De ahí que,
para fortuna de Alejandro, su padre mandase llamar al filósofo Aristóteles,
para que él, personalmente, se encargase de la educación de su hijo. Así, entre
ambos, entre Leónidas y Aristóteles, harían de Alejandro todo un gran hombre.
La educación de
Alejandro
Alejandro
tenía trece años cuando Aristóteles empezó a educarle y ser su maestro. La
influencia del gran filósofo fue decisiva en la vida de Alejandro, quien
aprendiese grandes cosas con su maestro. Buen alumno, Alejandro se interesó
grandemente por la cultura griega.
Le gustaba
la literatura y sentía un particular interés por el arte heleno. Y fue a
Aristóteles a quien cabe la gloria de haber imbuido en el gran conquistador
ideas de generosa grandeza, rectitud y elevación de miras, tan escasas en
gobernantes de aquellas épocas, aunque no mucho muy distintas de las
actuales...
Gustaba de
Eurípides y Píndaro. En lo que respecta a “obras de literatura” sentía una
singular predilección por la Ilíada, su obra preferida. Una obra en
cuyos personajes se proyectaba y/o identificaba. Le gustaba leer sobre
Hércules, sobre el Olimpo, sobre Homero, sobre Helena. Le gustaba leer toda la
obra, una obra muchos de cuyos trozos sabía y recitaba de memoria. Un libro que
siempre cargaba bajo el brazo o su mochila.
Alejandro y sus
anécdotas
Son muchas
las historias, anécdotas y leyendas que se cuentan de Alejandro. Son anécdotas
que nos muestran, de cierto modo, el carácter de Alejandro, su forma de ser y
de pensar. Anécdotas que nos muestran su vida, historias que nos enseñan y
señalan su alma.
Una de las
primeras cinco o seis anécdotas que aquí relataré es conocida como la del
“incienso”. Resulta que una vez se encontraba Alejandro ante el altar,
derramando incienso ante los dioses. Su preceptor Leónidas se enoja, se acerca
y le reprocha diciendo: “Para hacer tan abundantes ofrendas es preciso que
esperes a que seas dueño del país del incienso...”. Más tarde, Alejandro fue el
señor del Asia y envió a su maestro cien talentos de aromas para que no fuese
un avaro con los dioses...
Una segunda
anécdota se refiere a cuando en una ocasión Alejandro estaba practicando
deporte y haciendo ejercicio. Alguien se acerca y le pregunta; “¿Y vas a
participar en los juegos olímpicos?”, a lo que Alejandro responde; “Si mis
rivales fueran reyes, por supuesto que sí”. Tal vez mucho “crecimiento” o mucho
“creerse” por parte de Alejandro, pero algo que nos muestra de cómo era y cómo
actuaba.
La tercer
anécdota se refiere a la del caballo Bucéfalo. Resulta que un buen día un
tesalio llevó ante Filipo (el padre de Alejandro) un caballo. El hombre quería
30 talentos por Bucéfalo, el nombre del caballo. De ahí que los más hábiles
jinetes de la corte quisieran trepar en el caballo, domar este fiero y salvaje
corcel, y hacerlo suyo.
Nadie pudo
hacerlo. El equino parecía empecinado a bajar de su lomo a todo aquél que osara
montar en él. Filipo entonces lo rechazó, si no fuera porque Alejandro, que
estaba presente, les dijo: “¡Pero, qué bárbaros...! ¿Cómo es que puedan perder
este caballo por su timidez e inexperiencia?”
El padre le
reprochó su actitud diciéndole de paso: “Como si fueras tú a ser capaz de
montar este caballo...”. Alejandro no se amedrentó y apostó el precio del
caballo mismo, en caso de no poder apaciguarlo. El rey rió, lo mismo que la
corte. La presunción de Alejandro era mucha.
Y... “¡Oh
sorpresa...!”. Alejandro pudo. Se acercó al caballo, empuñó las riendas, vuelve
la cabeza de éste hacia el Sol, pues había observado que el noble corcel se
asustaba hasta con su propia sombra. Luego le acarició, soltó su manto, dio un
ágil brinco y montó en el corcel.
Sujetó con
fuerza las riendas, paseó por los espacios, y volvió a paso lento y tranquilo
con un corcel agradecido. Vuelcan los aplausos, y, dicen los historiadores, que
Filipo, al verle, le dice a Alejandro: “Hijo mío, busca otros reinos;
Macedonia, el que poseo, es muy pequeño para ti y sé que no podrá
satisfacerte...”.
Sus primeros pasos
como gobernante
Fue en el
año 340 a .C
en que parte Filipo para sitiar a Bizancio, dejando en Pella, capital de
Macedonia, a su hijo Alejandro. Una prueba de fuego para él, pues habría de
gobernar contando con tan solo 16 años. Pasa la prueba, Alejandro puede
gobernar en ausencia de su padre Filipo. Este, más tarde, habría de enviar a su
hijo Alejandro a un campo de batalla. Aquí, ya Alejandro, contaba con dieciocho
años de edad.
Pasan los
años y surgen desavenencias entre padre e hijo. Filipo se aparta de Olimpias
para casarse con una bella macedonia llamada Cleopatra (no la de la película,
aquella otra Cleopatra -una de las más famosas reinas de Egipto-, la que
cautivara con su gran belleza a célebres guerreros como César y Marco Antonio).
Alejandro
continúa el pleito contra su padre. Viene la boda de Filipo y Cleopatra. Este
(Filipo), bebe demasiado. Se abalanza para reprocharle algo a Alejandro. Cae
Filipo. Alejandro se vuelve y dice: “Macedonios, he aquí al hombre que se
preparaba para pasar de Europa a Asia, pero que ni siquiera puede trasladarse
de una mesa a otra...”. Así veía Alejandro a su padre. Un cuadro no muy digno,
que digamos; pues, como vemos, se burla hasta de su padre.
Siguen
rodando los años. Alejandro y su madre Olimpias se ausentan de la corte para
irse a radicar entre los ilirios. Un corintio, Demaratros, hace que Filipo y
Alejandro se reconcilien. Alejandro vuelve a Pella, y su madre adquiere
nuevamente su antiguo rango. Filipo es más tarde asesinado en una boda. Lo
apuñalan a la entrada de un teatro. Más tarde Alejandro sería proclamado rey.
Alejandro es
proclamado rey
A la
muerte de Filipo, su hijo, Alejandro, asciende al trono de Macedonia y es
proclamado rey, algo que logra sin mucha dificultad. Había, por supuesto, gente
que se oponía, entre ellos muchos inquietos helenos que ardían en deseos de
sublevarse.
Viene un
Congreso (el Segundo Congreso de Corinto, allá por el año 336 a .C., en época de otoño,
cuando caen las hojas), y, Alejandro, es proclamado oficialmente rey de
Macedonia. Alejandro, un muchacho de apenas casi 20 años que pronto habría de
demostrar ser un hábil gobernante, y que a los 30 años ya sería conocido como
Alejandro el Grande, Alejandro Magno.
Alejandro: el gran
rey, el gran conquistador
Fueron
grandes las conquistas de Alejandro. Después de haber sometido a Grecia, se
hizo conferir, en Corinto, el título de generalísimo de los helenos. Venció
innumerables tropas. Se apoderó de Tiro y de Sidón, lo mismo que Jerusalén,
Sidón y Damasco. Invadió y conquistó Egipto, fundó Alejandría. Atravesó el
Éufrates y el Tigris, conquistando Arbelas, Babilonia y Susa. Quemó Persépolis
y llegó hasta el Indo.
La importancia de sus
conquistas
Grandes
fueron las conquistas de Alejandro. Innumerables ciudades, reinos y regiones
pasaron por sus manos. Enfrentó a grandes hombres, como a Darío III, rey de los
persas, a quien luego de haber derrotado, le perdonara la vida.
Darío quiso
llegar a un acuerdo proponiéndole a Alejandro el repartirse el reino,
contestándole Alejandro “no puede haber dos soles en los cielos...”. Más tarde,
alguien (ante la contrariedad de Alejandro), le cortaría la cabeza al Emperador
Darío. Luego, Alejandro se desposaría con una hija del propio Darío.
A la muerte
de Filipo, muchas ciudades griegas quisieron liberarse, pero Alejandro cayó
rápidamente sobre Tebas. La ciudad fue arrasada por completo, quedando sólo en
pie las edificaciones de los templos y la casa donde viviera el poeta Píndaro,
a quien Alejandro mucho admiraba. Y así como esta, fueron muchas de las
acciones que emprendió e hizo respetar Alejandro.
Alejandro: el gran
imperio
Es de
alabar, que una de sus ideas principales haya sido la de respetar las creencias
y principios de todos los pueblos. Al conquistarlos no destruía ni su culto, ni
su cultura, ni su religión. (Cosa que llevándola a términos prácticos y
modernos se ve todo lo contrario en fusiones de bancos, empresas o cambios de
autoridades). Su intención había sido la de formar un solo imperio de toda esta
vasta región, sin tener problemas de ninguna especie.
Alejandro
fundó más de 70 ciudades, muchas de las cuales le dieron su nombre (ciudades a
las que se les conocía con el nombre de “Alejandrías”). Su idea había sido la
de formar un Imperio Universal, que tendría como capital y centro principal
Alejandría, una de las ciudades más importantes de todos los tiempos.
Alejandría: ciudad de
ciudades
Alejandría,
la única ciudad que fuese planeada antes de ser construida. Una ciudad,
importante centro de cultura y del comercio. Una ciudad cuyas calles estaban
pavimentadas y eran iluminadas por las noches. Una ciudad con un hermoso museo
y una extraordinaria biblioteca que acomodaba medio millón de volúmenes. Una
ciudad en que los científicos vivían con los salarios que les proporcionaba el
propio gobierno...
Alejandría y el
Imperio Universal
La ciudad
fue grande, como grandes fueron las ideas de Alejandro. Su sueño gigantesco
había sido el del Imperio Universal. Su imaginación ya había forjado este
sueño, teniendo en Alejandría la capital de capitales.
Amigo y
admirador de los persas, Alejandro empezaba a rumiar la idea de establecer
estas costumbres. El mismo ya empezaba a vestir a la usanza persa, haciendo a
sus soldados adoptar estas costumbres. Sin embargo, su principal preocupación
fue la propagación del mundo helénico: un mundo unido que hablaría griego, y
tendría las mismas creencias religiosas. Un mundo, tal vez utópico, pero que de
todas formas o todas maneras pretendía esparcir la semilla de las ciencias, el
arte y la filosofía.
Y siguen las
anécdotas
Se dice que
teniendo en mente este sueño de grandeza y de formar un solo y vasto imperio,
una noche, en los últimos años de su vida, y una vez terminada la conquista de
Oriente, Alejandro decidió que se celebrasen en una sola noche diez mil enlaces
matrimoniales entre sus soldados y doncellas persas. Esto, buscando la fusión
entre las razas.
Una
anécdota más, que nos habla sobre la vida de Alejandro, es la del famoso “Nudo
Gordiano”. Se dice que en Gordium, ciudad situada en el centro del Asia
Menor, había un nudo que unía el carro y la lanza de un antiguo rey de Frigia.
La leyenda señalaba que el que lograrse deshacer aquél nudo sería dueño del
Asia.
Nadie podía
desatar este nudo. Nadie había podido deshacer este “entuerto”. Alejandro, por
lo tanto, quiso probar suerte y variando su ruta hacia esa ciudad se apersonó
para resolver tal “dilema”. Al ver el nudo Alejandro rió, desenfundó su espada
y de un solo tajo cortó el nudo dejándolo sólo en leyenda.
Diógenes
Como se
sabe, Alejandro fue visitado durante su reinado por sabios, poetas y artistas,
que estaban deseosos de conocer al joven rey. Únicamente Diógenes no se
presentó. De él ya le habían hablado en Corinto, y en una ocasión, en que
Alejandro andaba por sus rumbos, decidió hacerle una visita. Diógenes era aquél
famoso hombre que vivía en un tonel, y al que se le atribuía que en cierta
ocasión había recorrido la ciudad en busca de un hombre, sin encontrarlo.
Y Alejandro
lo encontró... Como siempre, Diógenes se hallaba absorto en sus pensamientos,
sentado junto a un muro y muy cerca del tonel. Y al preguntarle Alejandro si
quería algo de él, Diógenes le contestó: “Pues no, solamente que te apartes de
ahí porque me tapas el sol...”. Los cortesanos y acompañantes comenzaron a
burlarse del filósofo, diciéndole que estaba ante el rey. Diógenes no dijo
nada, y los cortesanos seguían riendo. Luego, Alejandro cortó sus risas
diciendo: “Si no fuera Alejandro, quisiera ser Diógenes...”.
Alejandro, su imperio y su muerte
Como he
relatado, Alejandro fue grande tanto por si mismo como por su imperio. Llegó a
Persia, Asia, Tracia, Siria y Palestina. Tuvo uno de los imperios más grandes
que jamás se hallan conocido. Llegó hasta Tiro, la capital de Fenicia. Luego
iría hasta Egipto, Siria y los límites de la India. Su influencia aseguró la
penetración de la cultura helénica en Asia y África.
Alejandro
pudo haber seguido; pero, negándose los macedonios a ir más lejos, cansados ya
los soldados de estar tanto tiempo fuera de sus hogares, nuestro personaje
volvió a Babilonia. Ahí, ya cansado, aunque muy joven todavía, Alejandro muere
a causa de una fiebre aguda causada por una enfermedad que hoy conocemos con el
nombre de malaria. Tenía 33 años, años en que dio lo mejor de sí mismo. Años en
los que hizo nombre: ¡Alejandro Magno…!
Artículo aparecido en el periódico “El Porvenir” de Monterrey, México, el 6 de febrero de 1989.









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