jueves, 2 de junio de 2016

Georges Bizet


 

Uno de los más distinguidos músicos del siglo pasado. Compositor de importantes piezas, entre ellas la famosa ópera Carmen. Destacado músico francés que hoy viene a nuestras páginas para así contar y saber algo de su historia: Georges Bizet.

Hoy, el último de la serie
 
Hoy nos toca repasar algunas páginas, anécdotas, hechos y eventos en la vida de un músico francés que de seguro usted ya ha de conocer. Se trata de Georges Bizet, ese gran compositor que nos diera, entre una de sus grandes obras, esa magnífica pieza operística que es Carmen y su toreador.

Terminamos, así pues, la serie de la “B”, con lo que la próxima semana ya estaremos entrando con la tercera letra del alfabeto. Hoy nos tocará conocer algo de un gran músico del que sacaremos importantes temas a relucir. Temas interesantes, tanto de su obra como de su vida y genio personal.

Este lunes nos ubicaremos dentro de los genios de los músicos, esos grandes hombres que han puesto su espíritu, su talento y su energía en la creación de grandes obras del género artístico y musical. Gente que con su fuerza interna dieron vida y personalidad a personajes dentro de sus obras, como fue el caso de la pizpireta y atrevida Carmen.

Datos biográficos

Bizet, el famoso compositor de la ópera Carmen nació en la ciudad de París el 25 de octubre de 1838, muriendo el 3 de junio de 1875, en el villorrio de Bougival, muy cercano a la "Ciudad Luz". Y, aquí viene lo raro o desconocido para algunos: oficialmente, su nombre fue (esto es, se llama, o se llamaba): Alexandre César-Léopold, mas habiéndole dado la familia el nombre de Georges, sus amigos y contemporáneos le conocieron de esta manera.

Hijo de un músico profesional y sobrino de un famoso pianista de aquel tiempo (Delsarte), Bizet fue agarrando y sintiendo esa vocación de músico que oyera y sintiera en su familia. Fue así como el niño, al manifestar este gusto por la música, sus familiares, en vez de cortar esa inclinación temprana, decidieron apoyarle en todo momento.

Su gusto por la música


Se dice que Bizet era un niño alegre. Le gustaba tararear todo lo que sabía e inventaba. Le gustaba hacer las cosas con música: se interesaba por los sonidos, las notas, los arpegios. Su mundo estaba revestido de pautas, notas e instrumentos en los que iría poco a poco aprendiendo a tocar.

Su formación docente está nutrida de varios primeros premios; obteniendo éstos en diferentes ramas y actividades como: solfeo, armonía, órgano y fuga. A los nueve años fue alumno del Conservatorio de París. Allí aprendería a tocar todos estos instrumentos bajo las órdenes de destacados maestros y en enseñantes.

El joven Bizet

Bizet fue un joven alegre, dinámico que le gustaba componer e improvisar de repente. Enamorado de la música, a los diecinueve años obtiene un premio en Roma. Allí escribe la ópera bufa Don Procopio, un bolero portugués, una sinfonía descriptiva sobre Vasco de Gama. También escribiría una suite orquestal.

Apasionado de Italia, Bizet pidió y consiguió que le permitieran pasar en aquél país, y no en suelo germánico, el último año de su pensión. La verdad es que el compositor amaba mucho este suelo, al igual que el español, donde aprende los sinsabores del amor, la intriga, los celos y la desvergüenza.

 Bizet en París

Gran parte de su vida la pasa en la ciudad de la Torre Eiffel. Allí escribe la ópera Los pescadores de perlas, cuyo estreno se verifica el 29 de septiembre de 1863, cuando el artista no había cumplido aún los veinticuatro años. La obra fue acogida cortésmente por el público y obtuvo dieciocho representaciones consecutivas. Así pues, Bizet sigue entregando más tarde algunas otras obras relacionadas con la música escénica. Escribe una ópera en cinco actos que lleva el título de Iván el Terrible, y que una vez concluida, e incluso aceptada por la empresa, la obra no se representa.

Bizet: sus primeros éxitos

Aunque el precoz ingenio de Bizet produjo una importante sinfonía cuando apenas contaba 17 años de edad, el éxito no lo alcanzó sino hasta más tarde. Y es, por supuesto, su obra musical Carmen con la que logra ese estrellato que le haría famoso por todos los países de Europa, primeramente; y América, después.

A Carmen se le ha llamado la “ópera perfecta”. Representada, en un principio, con no mucho éxito que digamos, Carmen fue poco a poco conquistando corazones. Se sabe que esta obra se estrenó con muy mediano éxito, sólo tres meses antes de la muerte de su autor, que entonces tenía 36 años.

Se cuenta que muchas veces Bizet desperdiciara muchos años de su existencia al pasársela haciendo arreglos a trabajos de otros músicos muy inferiores a él. Pero a Bizet le gustaba la música, se entretenía, se deleitaba... Ayudar era, para él, vivir en el mundo de la música, de la magia, la pasión y el romance.

Algunas otras piezas


En otoño de 1867 estrena con gran entusiasmo y acogida por parte del público y de la prensa, la ópera, en cuatro actos La jolie fille de Perth (algo así, como: “La hija bonita de Perth”). Sin embargo, esta obra no alcanzó muchas representaciones. También estarían algunas piezas más que más adelante se mencionan.

La actividad de Bizet no queda adormecida. Más tarde vendrían otras piezas. Es entonces cuando Bizet produce unas cuantas óperas más que permanecerían (y algunas de ellas siguen permaneciendo) inéditas. Una de ellas sería una ópera fantasiosa llamada La copa del rey Thulé.

Bizet y su obra

Si bien es cierto que la obra de Bizet pudiera considerarse extensa, la verdad es que también casi ninguna de sus obras tuvo mucho reconocimiento. Este gran músico tuvo, como él mismo lo dijera “honrosos y brillantes fracasos”, pero también hubo de conquistar grandiosos y fuertes aplausos.

A Bizet le gustaba el colorido, la viveza, le gustaba lo internacional. Tal vez no fuera mucho muy apegado a las costumbres o muy fiel a lo folklórico de los países de los que copiaba o intentaba dibujar algo. En realidad su música lo decía todo. Lo demás la gente lo entendería.

Bizet y su tendencia wagneriana

En toda su música Bizet reveló una tendencia y fuerte inclinación hacia Wagner, bastante impopular y detestado en Francia; pero, en 1872, su obertura Patrie (“Patria”), el segundo movimiento, lo mismo que la música de una obra de Daudet, L'Arlésienne, le trajeron éxito. Más tarde vendría la ópera Carmen, en marzo 3 de 1875, que le llevaría a la fama, que apenas si conociera unos tres meses antes de morir el 3 de junio de 1875, a causa de una enfermedad del corazón.

Bizet: su muerte




El mismo día que Carmen obtuviera sus 33 representaciones, Bizet moría súbitamente de un ataque al corazón. Contaba con solo 36 años. La noticia pasaría de Bougival (sitio cercano a París), a toda Francia. La noticia conmovería a la opinión pública francesa, especialmente a los músicos y filarmónicos.

Desde aquél entonces se empezó a ver (“ya después de muerto...”), lo mucho que valía este artista. Entonces comenzó a tenerse un remordimiento entre clandestino y difuso por el trato con el que se le había venido recibiendo. Luego, todo sería honores, pero Bizet ya había muerto.

La Ópera “Carmen”

 
Hay muchas cosas que se pudieran contar sobre la ópera Carmen. Los parisinos aficionados a la ópera en 1875 estaban acostumbrados a presenciar un ballet cronométrico, en la punta de los pies y esperaban un desenlace sentimental, almibarado, color de rosa o de “happy end”. Carmen resultó un enfrentamiento, un duro golpe para ellos...

El argumento de Carmen que los libretistas de Bizet lo habían sacado de una novela crudamente realista de Próspero Mérinée, dejó fríos, atónitos, desconcertados y hasta escandalizados a los que presenciaron la obra. Al principio, los mismos músicos y los cantantes, no habituados a obras tan atrevidas, acogieron esta pieza casi con el mismo disgusto con la que lo tomó el público. Algunas coristas tenían que fumar en escena, o por primera vez en su vida. Las consecuencias fueron desastrosas, pero a la vez enigmáticas, llenas de risa, susto y espanto. Era algo que impactaba y que muy pronto lo haría famoso. La obra era un tórrido romance, algo fuera de lo común y de muy subido color.

“Carmen”, la obra

Se sabe que esta pieza ha tenido tanto éxito que incluso, en nuestros días ya existen varias versiones cinematográficas en cuanto a esta obra. En lo que se refiere su presentación en el teatro (ópera, específicamente), Carmen se ha presentado en, aproximadamente 132 países del mundo, ha sido traducida a 48 idiomas y es una de las más aclamadas, sencillas y fáciles de entender.

Bizet y los demás








Se sabe, también, que Bizet causó un fuerte impacto en los demás. Escrito por ahí se encuentra el que Tchaikovsky (o “Tchikovski”, como dirían los rusos), cuando deseaba descansar de su propio trabajo, se sentaba al piano y tocaba Carmen desde el principio hasta el final. Le parecía una sencillez muy especial: fuerte, vibrante, impactante, sencilla, genial y encantadora.

Y en verdad que la ópera de Carmen suele ser así. Solamente el oír el estimulante y festivo preludio de esta pieza nos hace vislumbrar algunos temas y personajes de la obra: el paseo de la cuadrilla, el estribillo de la canción del torero o toreador; y, por supuesto, la presencia de la Carmen, toda una mujer de gran belleza, atrevida, impetuosa, salvaje, apasionada por su amor o mil amores.

Una obra donde salta el talento de ese gran hombre que forjara todo un nuevo concepto en ópera y en música. Ese que nos diera sus pasos dobles, sus sencillos y sus acordes. El dueño de esa novia que llenara y envolviera de pasión a mil aficionados. El dueño de esa dama llamada Carmen y que fue Georges Bizet.


 

  • Artículo aparecido en el periódico “El Porvenir” de Monterrey, México, el 22 de mayo de 1989.



 

sábado, 2 de abril de 2016

Juan Lorenzo Bernini


Personaje famoso entre los clásicos. Escultor de renombre que ha dejado su huella y su leyenda. Artista, símbolo de lo Barroco. Maestro de la técnica que nadie, absolutamente nadie, le ha podido igualar. Escultor y arquitecto de gran visión como lo fue Lorenzo Bernini.
 

Entre artistas

Entre los artistas de más renombre, en lo que se refiere al aspecto plástico, de la escultura y la pintura, se hallan hombres de la talla de Leonardo da Vinci, Miguel Ángel, Goya, Rafael, Tiziano y otros. Se pudieran y quisiéramos nombrar a algunos artistas, por desgracia desconocidos, que también dejaron un recuerdo suyo a través de innumerables obras que hoy podemos admirar en los principales y diversos museos o localidades de todo el mundo.
 
Lo difícil

A veces no es tan fácil escribir sobre grandes genios que han pasado por el mundo. Muchas veces faltan datos sobre su vida, su obra y sus costumbres. Hay ocasiones, que ni siquiera sabemos los nombres de esos grandes artistas, pintores, músicos o escultores que dejaron sus maravillosas obras en diferentes rincones del planeta. Construcciones, edificios, pinturas y monumentos de los que sólo sabemos fueron hechos o construidos en tal o cual época, pero sin saber el nombre del autor. Edificaciones, estatuas o relieves que sabemos existen en países tales como Italia, Grecia, Albania, Rumania, Rusia, Francia, Finlandia o Polonia, pero que, desgraciadamente -vuelvo a recalcar-, no sabemos precisamente sus autores originales.

Pintores y escultores
 
Si Miguel Ángel había sido nombrado ya como el escultor de mayor importancia en el Renacimiento, muy pronto, otros artistas, Antonio Canova y Augusto Rodin, lo serían, respectivamente, los mejores representantes del arte neoclasicista del siglo XVII y del naturalismo del siglo XVIII.
 
Los nombres anteriores, sobre todo el primero, fueron los principales iniciadores de toda una época que transformó la historia y el arte en nuestro mundo. Más tarde, aparecería un gran hombre, un genio a toda medida: Lorenzo Bernini. El escultor -a modo mío de ver las cosas- más representativo del arte barroco.
 
¿Y quién fue Lorenzo de Bernini?
 
Bernini es conocido como el máximo representante del arte barroco. Arte que se aprecia en todas partes, sobre todo estando en esas preciosas ciudades como son Roma y Florencia, o yendo a otros sitios y países como Alemania, Bélgica o Escocia. Hay poco escrito acerca de la vida de Bernini. En realidad, lo único que se conoce, hasta donde yo sé, es sobre lo que se refiere a su obra. Sé, por otra parte (de hecho lo he constatado), que tanto en Roma como en Florencia, hay clases especializadas sobre el arte y la arquitectura de ese gran maestro que fue Bernini; pero, lo que se dice, datos concretos y precisos acerca de la vida de él, éstos son en realidad pocos.
 

Lorenzo Bernini

 

Lorenzo Bernini (o, como otros le conocen, Lorenzo de Bernini), nació en la ciudad de Nápoles, en el año de 1598. Vivió hasta 1680, muriendo a la edad de 82 años. Su nombre completo fue Juan Lorenzo Bernini. Ese inigualable artista que hoy todos recordamos cada vez que vemos su famosa columnata en la Plaza de San Pedro, en Roma; ahí, en el mero Vaticano.

 
Hijo del así mismo pintor y escultor Pedro Bernini, Lorenzo aprendió de su padre este digno oficio. Aprendiendo rápidamente a modelar, pintar y cincelar. Su padre le apoyaba y le quería. Bernini, a su vez, le gustaba aprender, y se deleitaba viendo a su padre, y tomando lo mejor de él. Y así fue creciendo. Lorenzo era un chiquillo realmente inteligente. Inquieto, pícaro y travieso, Bernini jugaba con sus manos para dar forma a las más disímbolas figuras. Se recreaba en esto. Le gustaba adoptar poses de gran artista imaginándose ser todo un caballero de la pintura y la escultura.

El gran maestro
 
Bernini fue todo un verdadero maestro y genio de la arquitectura y la escultura. Aprendiendo rápidamente de su padre y muy pronto lograría dominar esta técnica. Poco después, la sobrepasaría. Así era Lorenzo Bernini, un hombre entregado de lleno a su trabajo y su pasión: la escultura y la creación de grandes obras.
  
Bernini como arquitecto
 
Bernini fue arquitecto y escultor. También realizó una serie de pinturas que, por desgracia, son muy poco conocidas. Es más, diría yo, éstas permanecen completamente en el anonimato pues, se dice, que no solía poner su nombre en las obras que realizaba. Como arquitecto, su período corresponde, dentro de lo que conocemos como historia del arte, al período de transición del neoclasicismo renacentista al barroco. Su importancia, durante este período es altamente notoria. En sus obras se deja ver todo un arte espléndido. Bernini es un gran decorador de interiores, un espléndido diseñador y decorador para quien la perspectiva y sus más mínimos detalles sobrepasan lo inimaginable. Para Bernini, su arquitectura no tenía ningún secreto. Simplemente le gustaba lo grandioso, lo bello, lo majestuoso y lo sublime. Para él no había parámetros mas que la belleza misma. Y, sin lugar a dudas, su mejor obra arquitectónica, con un total sello de urbanismo, majestuosidad y elegancia, fue la construcción de la Plaza de San Pedro.
 
Los Palacios de Bernini
 
En lo que se refiere a la arquitectura profana; es decir, la arquitectura de edificios o monumentos no religiosos, Bernini trabajó en tres palacios. El primero de ellos, el Palacio Barberini. Ahí estaría trabajando desde 1629 hasta 1630. Luego estaría en el Palacio de Montecitorio, cuyos trazos están más próximos al barroco que el anterior. Por último, estaría el Palacio Odescalchi, bajo el mandato del soberano Alejandro VII, y que recuerda, en parte, los diseños del Palladio.
 
Entre Pontífices
 
Bernini fue un artista quien siempre estuvo al abrigo de los pontífices. Ellos le pedían obras, él las consagraba. En 16661, bajo el mandato de este último pontífice, Alejandro VII, Bernini mostró sus cualidades excepcionales de gran artista. Un decorador de inmenso talento para quien la perspectiva iba más allá de lo finito. Así, se escribe, "un espacio estrecho, corto y de desigual anchura fue transformado, por obra y gracia de su magia, en una suntuosa, misteriosa y uniforme escalera: la famosa Scala regia del palacio Vaticano". Algo realmente grandioso, espléndido que sólo un genio como Bernini podría hacer.
 
Otras de sus obras
 
Bernini fue un arquitecto que destacó el aspecto religioso en muchas de sus obras. Pudiera decirse que el mundo estaba inmerso en este aspecto del sentido humano y Bernini mostraba en sus trabajos dicho talento. De ahí que primeramente haga mención a su trabajo en la Iglesia de la Asunción de Ariccia, en el año de 1664.  Vendrían luego obras de mayor importancia con las cuales empezaría a destacar como todo un gran artista, escultor y decorador de la época. Bernini iba tomando su paso, se afianzaba, iba aprendiendo... Su genio iba adelantándose al paso del tiempo y muy pronto su huella quedaría para la posteridad.

El Vaticano

¿Quién no ha conocido El Vaticano, al menos en fotografía? Esa preciosa iglesia, esa preciosa Basílica sede del catolicismo y lugar asociado indiscutiblemente con el Papa. El estar en un lugar como estos lo hace a uno transportarse a otro mundo. Es como estar en presencia de Dios.

 
El Vaticano, para mí, es uno de los rincones más bellos del mundo y, que si uno tiene la posibilidad y los recursos económicos para hacerlo, uno no debe perder la oportunidad de visitarlo y conocerlo. Vida solo hay una (me refiero a la vida pasajera), y hay que aprovechar y vivir plenamente. Bernini y su obra en El Vaticano  Conocido, como ya era, a Bernini se le pidió que ayudase en la decoración interior de la Basílica. Y así lo hizo. Bernini trabajó en la decoración interior de esta iglesia de San Pedro, en Roma. Son suyas muchas de las estatuas que ornamentan las pilas de agua bendita, como también son suyas muchas de las estatuas que decoran y dan perspectiva a la Plaza.
 
Recuérdome una vez, estando en El Vaticano, allá por agosto de 1986, entré con una estudiante española quien para ella "su máximo" era Bernini. Aprendí mucho con ella. Poco a poco, a medida que íbamos caminando por las calles de Roma me iba hablando y explicando sobre "su adorado" Bernini. Luego, una vez, estando frente a una de las tantas pilas de agua bendita, me explicó algo referente a dicha pileta. Desde entonces recuerdo y guardo en mi memoria muchos de estos aspectos en la vida y obra de Bernini. Estatuas, obras y monumentos que hablan de un gran hombre. Alguien que transformó la piedra, el mármol y alabastro en obras de gran valor. Alguien que dio vida a algo que estaba inerme.
 

El interior del Vaticano 
 
El interior del Vaticano es toda suntuosidad. Algunos criticarán el exceso de lujo que pudiera notarse; pero lo que es cierto, y que nadie podrá negar, es que ese lujo vale y se merece. Ahí están engarzados los poderes espirituales que van mucho más allá que los bienes materiales, con lo que quiero decir que el presentar toda esta majestuosidad es simplemente un pequeño símbolo o paradoja para que uno pueda comprender, aunque sea ligeramente, lo que es nuestro mundo interno, nuestra alma, nuestra religión. Y Bernini trabajó en el interior de la Basílica. Quiso, y lo logró, dar un cuerpo de magnificencia que hicieran y dieran a conocer al mundo lo grandioso de un poder interno que impera sobre lo terrenal. Habría pues que mostrar a los "terrenos" algo con lo cual pudieran comprender todo esto. Se enfocó pues, primeramente, en lo que es el gran altar, todo revestido de bronce. Un altar colocado bajo la enorme cópula que levantara ese otro gran genio del Renacimiento: Miguel Ángel Buonarroti.
 
La Plaza de San Pedro

Y si este importante monumento, el altar de la Basílica de San Pedro, construido entre 1624 y 1633 por encargo del Papa Urbano VIII, había sido, con sus más de 29 metros de altura, toda una elocuencia de arte y de diseño. Bernini pronto de nuevo sorprendería con una de sus obras más famosas (si no es que la más famosa): la Plaza de San Pedro.
 
¿Y qué les pudiera yo decir de esta enorme y majestuosa Plaza de San Pedro...? Tantos sueños encontrados, tantas ansias malgastadas, al perder tiempo y no poder estar cerca de Dios y de lo que es el Paraíso Terrenal aquí en la Tierra. Visitar El Vaticano, estar en el Vaticano, poder estar y recorrer la Plaza de San Pedro es una experiencia única en el mundo. Realmente impresionante.


Su urbanización data de 1667 y en ella se pueden encontrar esas famosas columnas de estilo dórico, coronadas por una balaustrada que, arrancando en ángulo agudo y en línea recta, de las esquinas de la iglesia, se despliegan para convertirse en un gran óvalo. Así, al ensancharse, la plaza va tomando un aspecto majestuoso, como si tratara de dar abrigo a todos los fieles que se acercan a conocer la casa de Dios.

 
Luego, al fondo de dicha plaza se halla la ya famosa fachada de San Pedro. Posteriormente, aproximadamente en medio, y a uno y otro lado de esta impresionante ágora se dejan ver dos fuentes, una de ellas original, y otra recompuesta. Por último, en el mero centro de la plaza, se levanta y yergue majestuoso el Obelisco del circo de Nerón, rescatado a los paganos y consagrado por los pontífices.

Nuevamente la Plaza de San Pedro
 
La Plaza de San Pedro, corazón de la ciudad (de Roma y El Vaticano), tiene una superficie de 70 mil metros cuadrados, que representa la sexta parte del total de la superficie del propio Vaticano. La cópula de la Basílica fue diseñada por Miguel Ángel, y frente a ella se abren dos líneas de columnas de 20 metros de altura en cuyas cimas se sitúan diversas estatuas de tamaño natural, la mayoría de ellas de conocidos religiosos que vivieron en aquella época.
 
La Plaza de San Pedro está encerrada en esta famosa columnata que se extiende en forma elíptica para abrazar el área que se encuentra enfrente de la Iglesia. Consta de 184 columnas y 88 pilastras, formadas en grupos de cuatro, que dan vida a un corredor de 17 metros de ancho por 19 de alto. El corredor está techado con una hermosísima cornisa en la cual se dejan ver, dispuestas a todo lo largo, preciosas estatuas de 140 santos, realizadas, casi todas ellas, por este gran genio de Bernini.

Plaza, Fuentes y Obelisco  derecha
 
Yo por mi parte, igual que lo hice cuando publicara los artículos y reportajes sobre Europa, lo invitaría para que dejara por un momento Monterrey y fuera, aunque sea unos cuantos días a recorrer el Viejo Continente. Lo más seguro es que usted fuera a Italia, a Roma y al Vaticano. Estando aquí pudiera conocer esta famosa Plaza y majestuosa Basílica. Incluso hasta conocer al Papa.
 
Estando en San Pedro pudiera apreciar más de cerca el sentir y vivir no solamente de este pueblo, sino el sentir de usted mismo. El estar frente a ese imponente obelisco situado en medio de la Plaza. Un obelisco egipcio, sacado del circo de Nerón. Obelisco en el que no aparece inscripción egipcia alguna. Luego pudiera ver y acercarse a esas dos fuentes que ornamentan la Plaza. Una de ellas atribuida a Carlos Medrano (1614); la otra (1667-1677), atribuida al propio Gian Lorenzo Bernini (Juan Lorenzo Bernini).


Finalmente, y algo que ya les había comentado ("El Vaticano", El Porvenir, lunes 31 de agosto de 1987), si a usted va al Vaticano y le gusta la arquitectura, los trazos y diseños, colóquese en uno de los puntos cercanos al obelisco (entre el obelisco y las fuentes), y verá, dirigiendo sus vista a las columnatas, que no verá cuatro columnas, sino que verá una sola. La exactitud de las líneas es algo asombroso. Y esto en todas y cada una de ellas. Una forma o manera de darse cuenta de los grandes arquitectos que había en ese tiempo.

Bernini y sus demás obras
 
Hay muchas, muchísimas obras que cabe destacar en la vida de Bernini. Un artista que se mueve dentro de lo barroco, pero que también le gusta lo clásico y lo realista. Para muchos, nadie como él, como Bernini, llevó tan lejos el lenguaje plástico del barroco: los valores pictóricos y no los plásticos; los movimientos de profundidad; los efectos visuales y muchas y otras tantas cosas más. Pero Bernini no sólo fue escultor, sino también pintor; aunque, como he dicho, casi ninguna de estas obras se conozca. Aquí, el jugaba con los colores, las formas, el ropaje, la complicidad de luz y de colores. Le gustaba poner pasión en sus lienzos y en ellos representaba, como siempre lo grande y lo sublime.
 
Sus esculturas-retratos

Bernini tenía alma de artista y ésta se reflejaba grandemente en sus inigualables "esculturas-retratos". El trataba de agarrar, aprisionar y destacar la esencia del personaje al que representaría en su obra. Según él, escribía Bernini: "Un personaje nunca es parecido a sí mismo cuando se halla en actitud de reposo, como cuando está en movimiento". Y pareciese como si las esculturas y retratos de Bernini hablaran.



Los primeros éxitos de este arte, Bernini los logra con sus famosas esculturas retratos tales como los bustos del obispo Santoni, en Santa Prassede; el del Papa Pablo V, en la Villa Borghese. Más tarde haría un busto en mármol dedicado con todo su amor a su amada Constanza Buonarelli, obra que se puede admirar en la ciudad de Florencia.
 
Luego estarían otras magníficas obras como la del cardenal Scipio Borghese, en la propia Villa Borghese; el de Carlos I de Windsor, esculpido en base a dibujos y bocetos de Van Dyck; el de Inocencio X; el de Francisco I de Este, con sus cabellos ondulados y su capa al aire y al viento. Obra que se muestra en la Galería Nacional de Módena, en Italia. Por último estarán otras obras de igual, o incluso mayor importancia, entre ellas, la del arrogante Luis XIV, en el Palacio de Versalles, y su estatua del David (diferente a la de Miguel Ángel), que se encuentra en Villa Borghese.
  
Fuentes y monumentos
 
Famosas son sus fuentes romanas, muy distintas a las clásicas de aquellos tiempos. Las fuentes de Bernini son únicas. Las principales, para citar algunas cuantas, son las del Tritón, en la Plaza Barberini, en las que un tritón, sobre una concha, lanza a través de un caracol, un chorro de agua que el aire quiebra y lo deshace.
 
Famosa es también la Fuente de los Cuatro Ríos, esa donde descansan y refrescan las alegorías de los cuatro ríos: el Ganges, el Nilo, el Danubio, y el Río de la Plata. Cada uno de ellos colocado en su sitio, cada uno de ellos divisando hacia su propio encuentro. Por último, y para concluir, está ese monumento escultórico y una de las obras más conocidas de Bernini: la Transverberación de Santa Teresa.
  
Concluyendo
 
El arte está en el hombre y está en el individuo. No siempre pudiéramos llamar arte a todo lo que vemos. Mas sin embargo, el poder y conocer un poco de arte nos dará muchas y muy grandes satisfacciones. Acercarnos a la cultura es recrear nuestro espíritu y agregar valores al alma. Esto, sobre todo, si vemos aunque sea por un solo instante obras tan bellas y majestuosas como las de ese gran artista como lo fue Juan Lorenzo Bernini.
 
 





 
Artículo aparecido en el periódico “El Porvenir” de Monterrey, México, el 20 de marzo de 1989.
 

 

miércoles, 2 de marzo de 2016

Alejandro Graham Bell


Físico escocés-norteamericano, creador de un gran invento. Hombre de ciencia que realiza numerosos estudios. Científico de gran renombre que legara a la posteridad uno de sus máximos inventos: el teléfono. Me refiero a Alejandro Graham Bell.


Grandes inventos y grandes personajes

 
La historia ha estado llena de grandes hombres y grandes mujeres que han aportado valiosos legados para la humanidad. Música, pintura, leyes, costumbres, ritos, creencias, instrumentos, herramientas... Todo esto obra de genios (o, a veces, si usted prefiere, no tan genios), que han prendido la chispa del invento o la chispa de la posteridad.
 
No necesitamos pruebas para saber esto. Los chinos inventaron la rueda e inventaron el papel. Los griegos y los romanos nos dieron su cultura. Cristo, Buda y Mahoma nos dieron su religión. Algunos más, Bach, Beethoven, Vivaldi, nos dieron su música; Leonardo Da Vinci, Goya y Botticelli nos dieron ese placer de apreciar la belleza en la pintura; Miguel Ángel nos dio la oportunidad de poder contemplar la belleza en la escultura.
 
Pudiéramos citar muchas cosas más, como por ejemplo, las grandes conquistas de Napoleón y Alejandro Magno; gentes de medicina como los esposos Curie; reyes y reinas como Enrique VIII, Catalina de Rusia, Isabel la Católica o la Reina Victoria. También pudiéramos citar a grandes exploradores como Vasco da Gama o Cristóbal Colón. Hoy citamos a uno de los grandes inventores de todos los tiempos: Alejandro Graham Bell.
 
 ¿Quién fue Alejandro Bell?
 
Alejandro Graham Bell nació en la ciudad de Edimburgo, Escocia en 1847. Desde niño mostró inquietud por las cosas nuevas. Su padre fue un gran maestro para él y fue gracias a éste por lo que pudo seguir y acrecentar sus inclinaciones científicas y de nuevos conocimientos. Más tarde su nombre cobraría fama por ser uno de los inventores de un gran aparato: el teléfono.
 
Habiendo estudiado en las Universidades de Edimburgo y Londres, en 1870 se trasladó a Canadá, de donde posteriormente pasaría a los Estados Unidos. En 1872 fundó en Boston una escuela para sordomudos y, en 1873, fue profesor de la Universidad de esta ciudad. Sus estudios para hacer oír a los sordos se llevaron a cabo en 1876, misma fecha en que inventara el teléfono.
 
La historia de Bell y su teléfono
 
Había por aquél entonces, en la ciudad de Boston, un taller propiedad de Charles Williams. Era una pequeña fábrica-laboratorio dedicada a la electricidad. Corría el año '42 y hasta este negocio fue a parar un joven muchacho de trece años de apellido Watson. El sería quien acompañara a Alejandro Bell en sus correrías en búsqueda del nuevo invento.
 
Watson se ganaba la vida, en un torno de mano, ganando cinco dólares a la semana. Su trabajo consistía en tornear pequeñas piezas fundidas con una herramienta de mano, algo completamente distinto a lo que se tiene hoy en día con un equipo completamente automatizado. En cambio él, Watson, todo lo tenía que hacer a base de manos, fuerza y sudor. Más tarde idearía unos “anteojos” para protegerse de las chispas causadas por la lumbre de la soldadura. La gente (sus compañeros) se reían de él. Decían que “¿Para qué?” (para qué usar esos anteojos, que eran protectores). La verdad, no comprendían. Por tal motivo, Watson aún muy joven, tuvo que abandonar su proyecto y sus anteojos. Muy pronto conocería a Bell.
 
 Watson, el compañero de Bell
 
La razón de citar a Watson es por la sencilla razón de que muchos de los experimentos que se hicieron en la búsqueda del teléfono se hicieron con la ayuda de Watson. Es más pudiera decirse que buena parte de este aparato fue hecho por el propio Watson, de acuerdo a las instrucciones dadas por el mismo Bell. Y tal vez, si no fuera por él, Bell no hubiera logrado lo que tanto deseaba.
 
Watson era un hombre visionario a quien siempre le gustaban las cosas nuevas. Al igual que Bell, apreciaba todo lo nuevo. Ardía en deseos por aprender cosas nuevas y obtener conocimientos más profundos. De ahí a que se llevaran y acoplaran tan bien; de ahí a que juntos, más tarde, dieran un gran impulso al teléfono y otros inventos más.
 
El taller de Williams
 
El ascenso de Watson en el taller de Williams fue rápido. A dos años de haber ingresado ya había probado su habilidad en casi todos los trabajos. Había hecho y reparado timbres, galvanómetros, telégrafos, resonadores, impresores y otros diversos aparatos. La iniciativa era una de las reglas en el taller de Williams. Cada uno tenía, dentro de ciertas normas, la libertad de hacer lo que quisiese. El operario se sentía libre de dedicar su tiempo y su ingenio en reparar del mejor modo lo que ahí le llevasen. Trabajaban también, si así lo deseaban, en construir nuevos aparatos que ellos mismos diseñasen.
 
Watson, el Taller de Williams y Graham Bell Una vez Watson construyó una máquina de vapor. Era un pequeño motor que más tarde sería la punta de lanza de una de las fábricas constructoras de buques más grandes que hoy existen en Estados Unidos. Watson tendría luego su propia empresa, desarrollada y establecida con las utilidades que le dejara el teléfono.
 
Los talleres, como he dicho, eran muy rudimentarios. Aún así, era lo mejor que había en aquellos días. Estos muy pronto serían el patrón o portaestandarte de las grandes fábricas de aparatos eléctricos con las que contamos hoy en día. De ahí saldría, gracias al ingenio de Bell y la perseverancia de Watson, el teléfono.
 
La aparición de Bell
 
Aparte de los trabajos que ahí se realizaban, el Taller de Williams tenía una relación constante con diversos inventores quienes, llenos de extraordinarias ideas, alimentaban el deseo de dar vida a su sueño. Generalmente eran genios y cerebros de muy poco dinero en sus bolsillos. Ellos se acercaban, muchos de ellos tenían sus protectores; otros más sus explotadores. Todos ellos (me refiero a los inventores) con el ferviente deseo de transformar sus ideales en piezas de fierro y bronce a las que asignarían un nombre. Sería su invento, un invento al que explotarían, le sacarían dinero y los harían sentirse importantes.  
 
A Watson le gustaba todo esto. Le gustaba ayudar a los demás. Todos abrigaban, algún día la esperanza, de poder explotar algún día su invento. Claro, no todas las cosas valían la pena (o al menos, eso quiero suponer), pero Watson sentía un especial entusiasmo por todo lo nuevo y ayudaba realmente a todo aquél que ahí se presentase. Y un día apareció, a las puertas del taller, un hombre llamado Bell.
 
Los motivos de Bell
 
Y Bell llegó entre humos. Habiendo llegado al taller bonificó a cada uno de los empleados con cierta cantidad de dinero a fin de que le ayudasen en la construcción de un aparato que, según él, iba a ser una máquina eléctrica completamente nueva.
 
Mucho daría quehacer a Watson el querer dar forma a dicho invento. Se dice que nada nuevo había en esta máquina; sin embargo, Bell, su inventor, pretendía obtener energía eléctrica de una serie de tanques de hierro del tamaño de baúles. Estos baúles debían llenarse a su vez con ácido nítrico, llevando además unas placas de cinc suspendidas dentro de los tanques.
 
Cuando se terminó la máquina y se vertió el ácido nítrico dentro de los contenedores, nadie esperó que con esto se produjese electricidad, puesto que la enorme cantidad de vapores nitrosos desprendidos hizo que todos los que ahí se encontraban saliesen del taller lo más rápido posible, casi a punto de estampida.
 
Bell llega al taller
 
 
 
 
No todos los hombres que acudían al taller de Williams eran del mismo tipo. Había hombres realmente notables; otros, francamente, no servían para nada. Había quienes en realidad tenían ideas extraordinarias. Era gente que lleva “sus cosas” a fin de que el taller les diese forma. Watson cooperaba, Bell sería uno de los clientes. Y un día, mientras Watson se encontraba ocupado en su trabajo, entró al taller un hombre alto. Una persona de rápidos movimientos, cara pálida, negras patillas (que luego serían blancas), copioso bigote, nariz grande, frente ancha y despejada, y pelo negro alborotado. Hablaba mucho. Era Bell.
 
 
El telégrafo armónico de Bell
 
Era la primera vez que Watson y Bell se encontraban, la primera vez que se veían. El “señor Graham”, como algunos le conocían, le llevaba a Watson (que dicho sea de paso, su nombre era Thomas A. Watson), una pieza que había sido construida por éste último. Bell no estaba de acuerdo en ciertos detalles y trataba de hablar con Watson a fin de darle indicaciones directas y precisas acerca de cómo quería la pieza. Se trataba de su telégrafo armónico, una invención de su propiedad con la que esperaba ganar fama y fortuna. Este no era mas que un aparato, bastante sencillo, que consistía en un “transmi-receptor”, por medio del cual, utilizando la ley de la vibración sintónica , esperaba enviar unos seis u ocho mensajes mediante alfabeto Morse, a través de un solo alambre, y sin interferencia alguna.
 
El proceso que siguió es algo difícil de explicar, sin dejar de ocupar cierto espacio. En pocas palabras se trataba tanto de un transmisor como de su respectivo receptor que consistían en un electroimán y una pieza de acero aplastada, hecha con la cuerda de un reloj. Esta cuerda vibraba en uno de sus polos. El transmisor, por otra parte, tenía puntos de ruptura (de apertura y de cierre), como un timbre eléctrico común y corriente, pero sin campanilla, que cuando pasaba la corriente vibraba en forma de zumbido y daba un tono correspondiente a la vibración del resorte. Lo que se trataba de hacer es que los mensajes pasaran a través del alambre sin que éstos fueran distorsionados y sin que los “timbridos” saliesen “a lo loco”; es decir, sin que tocasen sin ton ni son. El plan consistía, pues, en tener seis transmisores con sus respectivos resortes, cada uno con sus respectivos tonos, y seis receptores, capaces de identificar, individualmente, dichos zumbidos. Todo esto, después de lo cual, los sonidos se convertirían en puntos y rayas del alfabeto Morse, que tampoco deberían confundirse entre sí.
 
El experimento de Bell fue un fracaso. Ni él ni Watson sabían como poder dar marcha a su proyecto. Watson se cansó finalmente de todos los zumbadores. Cada uno "tocaba" cuando quería, no había forma de separarlos; sin embargo, más tarde, todo cambiaría. Hubo otra persona, Elisha Gray quien hizo funcionar el telégrafo armónico con sus mensajes transmitiéndose al unísono y sin que hubiese ninguna interferencia. 
 
Los experimentos
 
La mayor parte de los experimentos de Bell se llevaron a cabo en la ciudad de Salem, en la casa de la Sra. Sanders, sitio donde residiera y donde tenía, así mismo, a su cargo, la instrucción de un niño sordo. Fue en esta misma casa donde Bell y Watson pasaran largas horas discutiendo sus experimentos, aunque la mayoría de estos, al menos los más importantes, se llevaran a cabo en la ciudad de Boston. Ideas y teorías de Bell
 
 
A Bell le gustaba hacer sus experimentos por las noches, pues durante el día, especialmente en las mañanas, se encontraba muy ocupado en sus clases en la Universidad de Boston. Ahí desempeñaba la cátedra de Fisiología Vocal, especializándose en la enseñanza de la palabra visible, sistema elaborado por su padre, por medio del cual un sordomudo podía aprender a hablar. Una noche en que Bell y Watson se encontraban en el taller, de pronto Alejandro le comenta a su amigo: “Watson, tengo que hablarle sobre una idea que corre por mi mente... Y, creo, que le va a sorprender...”. Watson le escuchó, aunque no con mucho interés. La verdad es que había trabajado demasiado todas esas noches y apenas si tenía fuerzas como para estar despierto. Pero, cuando oyó la palabra "teléfono", los sentidos de Watson se pusieron todos en alerta.
 
A Watson, como ya dijimos, le gustaba participar de las ideas de Bell. Hablaban de todo, desde chistes y poesías, hasta política, oratoria y máquinas para volar. Sin embargo, esta vez “la idea” era diferente. Se trataba del teléfono y Watson escuchó. Bell le dijo: “Si pudiera hacer que una corriente eléctrica variara en intensidad precisamente como el aire varía en densidad durante la producción del sonido podría transmitir la palabra telegráficamente...!”.
 
El Aparato
Watson le escuchó, ahora sí, con atención. Bell, por su parte, diseño un instrumento que pensaba haría tal cosa. Discutió con Watson la posibilidad de construirlo. Sin embargo, el proyecto de momento no se llevó a cabo, pues Bell quería que saliera perfecto, de este modo podría impresionar a sus apoyos financieros. Aparte, lo que ellos querían era que Bell, primeramente, perfeccionara su aparato llamado telégrafo inarmónico.
 
Watson continuó ejecutando una serie de diversos trabajos para Bell. El telégrafo armónico no acababa de ponerse a punto, o al menos, tan siquiera funcionar un poco bien. Watson maldecía su falta de habilidad mecánica (que en realidad era mucha), para hacer funcionar un aparato que en apariencia era tan sencillo. Tanto Bell como Watson estaban desesperados. Pero finalmente algo pasó y el aparato funcionó. Bell observó que la razón por la cual los mensajes se mezclaban era la falta de exactitud en el ajuste de los resortes de los receptores. Entonces hizo los ajustes necesarios; zumbidos y sonidos ya no se mezclaban, el aparato funcionaba.
 
El teléfono
 
Cierta tarde (era junio de 1875), Watson y Bell estaban dedicados, como siempre, a su rudo trabajo. Parecían como maquinitas, “chaca- chaca”, trabajando. Se hallaban probando los instrumentos. Algunos de ellos se encontraban fuera de tono y había que ajustarlos. De repente, uno de los resortes de los transmisores de Watson dejó de funcionar, dejó de vibrar. Watson lo movió para que siguiera vibrando, pero éste no se movió. Entonces, continuó moviéndolo rápidamente con la mano, cuando de pronto se oye una exclamación de Bell preguntando a su amigo; “¿Qué ha hecho usted...? No mueva nada, por favor. Déjeme ver..!”
 
Lo que había pasado era algo “sencillo” (al menos para ellos): el tornillo de contacto estaba tan apretado que rozaba constantemente con el resorte, por lo cual, cuando Watson modificó su tensión, el circuito hizo que se propagara otra clase diferente de onda sonora. Una corriente que había pasado a través del alambre al receptor, y que era un mecanismo de transformar la corriente en un débil eco del sonido del resorte. Bell comprendió entonces que el mecanismo que podía transmitir todas las vibraciones complejas de un sonido podía hacer lo mismo para cualquier otro tipo de sonido, incluyendo la palabra. Este experimento le demostró que, a final de cuentas, el complicado aparato con el que tanto había soñado no era tan difícil de construir, aunque sí se necesitaba cierta paciencia.
 
El primer teléfono
 
 
Naturalmente, había que hacer muchos ajustes, pero el primer paso ya se había dado. Fue entonces cuando Bell y Watson se dedicaron con más denuedo a la consecución de su obra. Se abocaron a eliminar todos los inconvenientes. Todo esto les exigió un considerable número de experimentos. Muy pronto todo estaría listo.  Y vino el día de la prueba. Todo funcionó. Así, la primera conversación que se recuerde es aquella en la que Bell le dice a Watson: “Venga aquí, Watson, lo necesito”. Una conversación no muy larga que digamos (mas bien monólogo), pero sí lo suficientemente clara e inteligible como para ser dada por buena. Era el 6 de marzo de 1876, el teléfono había nacido.
 
El teléfono, su inventor y su patente
 
Tal y como sucediera con el telégrafo, los candidatos al título de “inventor del teléfono” son leyenda. Muchos son los países que reclaman ser los inventores de tan fabuloso aparato. Algunos investigadores señalan el haber encontrado un sistema teórico descrito y detallado aún antes de 1876. No obstante, la mayoría de todos ellos concuerdan que el primer teléfono que operó fue hecho en los Estados Unidos ese mismo año de 1876; esto es, hace ya 113 años.
 
A dos hombres se le atribuyen el haber inventado el teléfono. Uno de ellos Alexander Graham Bell; y, el otro, Elisha Gray. Pero fue el primero (Alejandro Bell), a quien se le acredita históricamente la invención del teléfono. Su contrincante peleó, pero desgraciadamente, cosas del tiempo y de la vida lo hicieron a un lado.
 
 Cosas de la vida
 
Y lo que es la vida. El registro de aplicación o solicitud por el invento del teléfono se hizo antes de que éste comenzara a funcionar correctamente. Como recordaremos, no fue sino hasta el 6 de marzo de 1876 en que Bell pronunciara las famosas palabras: “Come here, Watson, I want you” (“Ven aquí, Watson, le necesito”). Sin embargo, exactamente el mismo día, el 14 de febrero de ese mismo año, dos personas se presentaban a la Oficina de Patentes de Nueva York, a registrar la patente de su invento: el teléfono. Estas dos personas eran Bell y Gray. El primero de ellos había enviado a su socio mudo, Gardiner Hubbard (uno de sus soportes financieros), para solicitar la patente a su nombre, por un aparato diseñado para “transmitir voz y sonidos”. Luego, el propio Bell haría acto de presencia. Dos horas más tarde llegaría su rival y competidor Gray.
Y fueron estas dos horas de diferencia las que hicieron inclinar el veredicto de los jueces a favor de Bell. El litigio duró varios años, pero apegado o no al derecho, el triunfo fue de nuestro personaje. Se dice que "primero en tiempo, primero en derecho"; pero también es cierto que la patente de Bell fue duramente criticada. Según era la costumbre, como lo sigue siendo ahora, en la forma de solicitud había que indicar la descripción del aparato en cuestión. Bell lo había olvidado. Aún así, le dieron la oportunidad de agregar a mano, al margen de la forma los datos que faltaban. También (y es algo que nade cuenta), que Bell, habiendo oído el que Gray iba a registrar su teléfono, se apresuró a copiar los datos que de algún modo había obtenido del propio Gray. Los abogados de éste último apelaron, pero los jueces fallaron a favor de Bell.
 
 
Alejandro Graham Bell
 
Inventor de gran ingenio, precursor del teléfono, el fotófono y un aparato fonográfico. Creador de un sistema especial para mudos, e ingeniero de gran valía. Hombre que algunos vieron como explotador de otros, pero que no cabe duda dio al mundo un gran invento, el teléfono. Personaje que muriera en Canadá en 1922, no sin antes seguir dando grandes cosas a la humanidad: Alejandro Graham Bell.
 
 
Artículo aparecido en el periódico “El Porvenir” de Monterrey, México, el 17 de abril de 1989.